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jueves, 29 de noviembre de 2018

EL ARROYO DE SANTA ÁGUEDA

Entre Jorcas y Miravete de la Sierra se levanta una serie de lomas y cabezos que separan los términos y, a la vez, las cuencas hidrográficas del Alfambra y del Guadalope y las comarcas de Comunidad de Teruel y del Maestrazgo.

En la vertiente del término de Jorcas casi todas las aguas se recogen en a través de dos barrancos, el de la Cueva del Vispe (por el norte) y el de las Cañadas (por el sur), que confluyen en el barranco de Santa Águeda, deudor del Alfambra por su margen derecha.

En los últimos años, éste curso de agua se mostraba seco durante la mayor parte del año, fuera de algún episodio tormentoso estival. Es cierto que su cuenca de recepción no es muy extensa y que el sustrato de naturaleza caliza facilita la infiltración del agua.

Estamos en un año húmedo, de los más lluviosos de la última década. Las precipitaciones se han repartido bien a lo largo de 2018 y, especialmente, en el otoño. El pasado 17 de octubre se produjo un episodio de gota fría sobre el Mediterráneo que afectó intensamente a la cuenca del Júcar y a la margen derecha de la del Ebro. En Jorcas estuvo lloviendo intensamente durante todo el día, recogiéndose cerca de 200 L/m2 . Tres días después, cuando ya se había pasado el efecto de la crecida, así de espléndido se mostraba aún el arroyo de Santa Águeda a su paso por el puente de la carretera.


o tras cruzar el mismo, donde se abre el cauce ...


y se conservan los prados frescos ...


Estos cursos de agua de caudal discontínuo que drenan la cabecera del Alfambra son ecosistemas dinámicos y, al tiempo, unos paisajes de gran belleza.

jueves, 12 de julio de 2018

LEÑA, ARQUITECTURA Y SANGRE. HISTORIA DEL CALOR DOMÉSTICO EN EL ALTO ALFAMBRA

En las antiguas casas de labradores procurarse combustible para caldearlas y atender a sus labores era una necesidad básica. En la era preindustrial la generación de calor en las frías sierras turolenses se lograba sobre todo consumiendo madera. El problema que se planteaba es que la producción de combustible competía con la agrícola y ganadera. La resolución a esta disyuntiva entre los siglos XIII y XIX no fue constante, pero tuvo un norte. El Alto Alfambra nos sirve de ejemplo para ilustrarlo.

La presencia de topónimos en la sierra del Pobo como Enebral, Bojares, Buj, el Bojar y el propio de Ababuj como lugar de bojes, apuntan a que en la fase de la conquista aragonesa y la subsiguiente repoblación parte de sus montes estarían cubiertos por este tipo de especies de bajo porte. 


En Gúdar abundaban unos pinares que también había en Miravete de la Sierra. Así, donde en la actualidad hay aliagares, en la documentación histórica se localizan partidas como “Carrapinar” y “barranco del Pinar”. En 1674, en el libro de matrículas de la Universidad de Zaragoza, se le cita como “Mirabete de los Pinares”. Sobre masas forestales como estas se inició y se moduló una secular presión a cargo de las comunidades locales en función de sus amplias competencias de gestión (concejos, Comunidad de aldeas de Teruel), del contexto (más o menos población) y de los incentivos (más demanda de bienes ganaderos o agrícolas). 


La obtención de madera era una de las piezas del puzzle productivo que había que encajar en el territorio con las de pastos y cultivos. Para crearlos y ampliarlos se recurrió al fuego. Así lo sugieren topónimos en el entorno de Orrios y Escorihuela como “cerro Quemado” o “Quemadal”, citados en la sentencia arbitral de 1558 entre la Comunidad de aldeas de Teruel y la Encomienda de Alfambra. Sin embargo, resultaron más decisivas las especializaciones binarias del suelo en función de sus aptitudes: agrícola-ganadera (barbechos, rastrojeras, ricios, etc.) y ganadera-forestal, que en las riberas inundables de ríos y barrancos contribuyó a la formación del emblemático paisaje del chopo cabecero.

La especialización en todo tipo de pastos en los que se daban aprovechamientos forestales fue la predominante por su extensión e incluía lejanos o enriscados fragmentos de los antiguos bosques a modo de reserva. El territorio estaba minuciosamente trabajado y el único que se destinaba a producir madera era como complemento del pasto o aquel que no era apto para otra cosa: zonas serranas abruptas en las lindes productivas de los términos y áreas inundables.


En estos espacios los vecinos de las aldeas “aleñaban”, lo que se concretaba en que cada casa tenía derecho a una determinada cantidad anual de leña de los montes del pueblo, o de lugares vecinos a los que pudieran acceder. Las familias se procuraban madera de especies como, por ejemplo, aliagas, bardas (matorrales silvestres), espinos y carrascas, como describe el Convenio de 1625 entre Jorcas y Miravete. Las ordenanzas de la Comunidad de aldeas de Teruel citan en sus sucesivas ediciones entre 1598 y 1725 pinos, carrascas, rebollos, sabinas, enebros y albares. También se aprovechaban erizos, como refleja la versión de 1776 del Dance de Aguilar: “Qué más quiero ir por Erizos, / allá a la Solana del Calvo, / a las Clapizas de Jorcas, / la Oya, y al Cerro Zinajo, que esto me trae buena cuenta / y se ganan guenos ochavos”. Fragmento este que, a su vez, muestra cómo la leña no era solo una cuestión de autoconsumo, sino que también podía servir para redondear los ingresos de una familia.

Una imagen de cómo era este trabajo de aleñar nos lo ofrece una concordia entre Miravete y Aguilar de 1569: “padres e hijos o asno y mozo que sean de una misma casa de dicho lugar de Aguilar puedan entrar a hacer leña verde y seca” de “cualesquiere género” tanto de “día y de noche en cualquiera tiempo” y “llevar dicha leña con sus acémilas y pasturar entre tanto hacen su leña”. Esta estampa es la que en 1742 transmitiría implícitamente el vecino de Aguilar Joseph Martín en una declaración testifical cuando afirmaba conocer el entorno de las partidas del Collado y la Canaleta al haber recogido leña en las mismas en numerosas ocasiones. Así pues, el aleñamiento de los montes por parte de los vecinos proveía de las fuentes de combustible más habituales mediante la corta de matorrales, de la recolecta de la madera muerta y de la poda de la viva de los árboles de las áreas de pastos y de los bosques de reserva. Fruto de esta actividad se derivan imágenes como la que reflejó un inventario de 1778 en una casa de Aguilar, donde uno de los primeros bienes que se inscribe es una carga de leña de pino en el patio de entrada.


En las dehesas fluviales de cabeceros los chopos también se podaban para obtener leña y vigas, y constituyeron otra importante fuente de madera para los hogares. Las ordenanzas de la Comunidad de aldeas de Teruel reflejan la práctica de la poda o escamonda de los árboles de ribera (“salzes, olmos, chopos y álamos”), o “infructuosos”, como los denomina, desde 1624, aunque reflejan una práctica mucho más antigua. Así, la normativa consideraba a uno de estos ejemplares como grande si se podía subir y tener un hombre. Esta imagen proyecta la peculiar morfología de los cabeceros, consistente en un tronco bajo y grueso coronado por una gran protuberancia callosa a la que hay que subirse para cortar la cosecha de largas ramas que brota en ella.

A mediados del siglo XVIII un vecino de Aguilar, como tantos otros, “podaba” sus árboles ribereños del Alfambra en la partida de la “Begatilla” y “se utilizaba de la leña en su casa”, mientras que otro de Camarillas, en su soto del azud de la Abeja, mandaba “cortar leñas y plantar diferentes árboles”. El patrimonio de las casas, al igual que constaba de bancales, huertos, cerradas de hierba y rebaños, incluía árboles con los que producir combustible. 


Además de podar todo tipo de árboles, cortar arbustos y recolectar madera muerta del suelo, también se talaban pies enteros, aunque esta era una modalidad mucho menos frecuente en el Alto Alfambra, y cuando se realizaba, consistiría más bien en la eliminación de árboles viejos cercanos a la muerte o en entresacas para permitir el nacimiento de nuevos ejemplares.

La tala de montes enteros, los denominados “tajadales”, era una práctica más propia de zonas más húmedas como la sierra de Gúdar, cuya madera se aprovechaba para consumir directamente o hacer carbón vegetal. Desde 1684 la Comunidad de aldeas ordenaba que un bosque talado debía cerrarse al ganado durante cinco años para que los árboles pudieran rechitar o rebrotar.


Al igual que había años de malas cosechas o en los que los rendimientos de los pastos eran más pobres, no siempre las fuentes de provisión de leña eran suficientes. Las carencias de combustible daban lugar a transgresiones de las reglamentaciones forestales y a conflictos entre pueblos y jurisdicciones vecinas. Existen ejemplos desde antiguo. En 1297 se llegaba a un acuerdo años después de que el comendador de la bailía de Aliaga se quejara en Aguilar a las autoridades turolenses de que “algunos malos ommes” de las aldeas de Teruel “peyndraban et ropavan injustament” en sus montes. En 1459 el concejo de las Cuevas del Rocín (la actual Cobatillas) arrendó todos sus montes y herbajes a Andrés Martín de Mezquita con la condición de que fuera su guarda para evitar que fueran talados. En 1477 el concejo de Camarillas relataba a los procuradores de la Comunidad de aldeas el conflicto que tenía por el arriendo de los herbajes y leños del “condado de Aliaga”. 


Este tipo de diferencias se solucionaban mediante el mancomunamiento de aprovechamientos, además de una regulación de la explotación forestal que básicamente perduró hasta muy entrado el siglo XIX. Estos convenios profundizaban en la especialización de producciones del suelo. En este sentido, la mencionada Concordia de 1569 entre Miravete y Aguilar después de que “haya habido entre dichas vecindades pleitos y largos gastos” es un ejemplo que iba más allá de lo habitual. Los primeros autorizaron a los aguilaranos a aleñar una parte de sus montes a cambio de que ellos les permitieran acceder a sus pastos comunales. Intercambio de especializaciones. Por otra parte, la profundización en la especialización de los suelos es la que consolidaría a las riberas guarnecidas con sargas y chopos cabeceros como una de las fuentes más reseñables de madera.

La leña que se obtenía por todos los medios descritos se consumía en las chimeneas de las cocinas, el lugar en el que las familias cocinaban, comían, se reunían, charraban, cantaban, jugaban... Bajo la realda del hogar el fuego caldeaba la estancia y el calivo o ascuas se aprovechaba en braseros fijos o portátiles con los que se calentaban las sábanas antes de acostarse. No fue hasta fechas posteriores en que se introdujeron las estufas o salamandras, sistemas de calefacción más eficientes, dado que las chimeneas pierden gran parte del calor por el tiro. Entonces, ¿cómo se lograba calentar una casa? Es aquí donde la arquitectura y la sangre, como también se llamaba al ganado, asistían al combustible.


El primer factor que favorecía el caldeamiento era la localización y la orientación de los pueblos, con las fachadas principales de las viviendas casi siempre mirando hacia al sur y, a ser posible, en laderas, protegidos del cierzo del norte al reser de cerros, cabezos, muelas, cingleras, etc. Las edificaciones en pendiente ofrecían la ventaja de reducir la fachada norte, la más fría, y aprovechar el efecto aislante del suelo.

Aunque las casas experimentaron grandes cambios a lo largo de los siglos, hubo elementos constantes, como la integración de la actividad productiva de la familia en el “diseño energético” de la vivienda y el uso de unos materiales constructivos capaces de mantener prolongadamente la temperatura: muros dobles de piedra con hueco relleno de tierra, tabiquería de aljez (yeso) y las cubiertas de madera y teja, que desplazó a las vegetales. A su vez, los vanos para las ventanas eran pocos, pequeños y con unos cerramientos de madera que permitían abrirlos totalmente o solo en parte; hay que tener en cuenta que el vidrio no fue de uso común hasta tiempos relativamente recientes. De este modo, si bien se creaban unas buenas condiciones para retener el calor, era a costa de la iluminación y de la ventilación.



En los siglos medievales las casas se construían en solares no especialmente grandes, con una escasísima compartimentación interna y lo más habitual es que tuvieran una única planta en la que dormían juntas las personas, se guardaban los animales y se encontraba la cocina. Al estar en espacios contiguos el diseño contribuía a preservar el calor. A su vez, el almacenamiento del grano, paja y hierbas bajo el tejado o en otros cuartos servía de aislante. 


A partir de los siglos XV y XVI los solares de las viviendas empezaron a ser más grandes y fue progresando la edificación de casas compartimentadas en dormitorios (de la mano de prevenciones de orden moral y de la extensión de conceptos de intimidad), con varios forjados y mayor altura, lo que supuso un reto “energético”. 


La cocina, con su fuego a tierra y en la planta baja, mantuvo la centralidad. Los dormitorios se distribuían entre la planta baja y la primera, y se subdividían en pequeñas alcobas buscando el interior de las casas. Se alejaban de las fachadas más expuestas o se disponían sobre la cocina (caldeada con su fuego) y la cuadra (“la gloria”, con el calor de los animales). Por otra parte, el techo de las alcobas podía rebajarse respecto del forjado con un falso techo de cañizo y aljez para facilitar su caldeamiento, a la vez que los graneros y trojes de hierbas siguieron teniendo una función aislante al ubicarse en la falsa (bajo la cubierta y sobre las habitaciones) o tras las fachadas más frías. 


Todas estas soluciones hicieron habitables las viejas casas de labranza desde un punto de vista térmico, por lo que, en definitiva, el calor doméstico dependía del fuego y su leña, de los animales y de la arquitectura, aunque de forma más literaria podríamos afirmar que esta historia energética era, simplemente, la de un territorio y unas casas vividas.

Ivo Aragón Ínigo (texto) y Chusé Lois Paricio (fotos)
Aguilar del Alfambra

Este artículo es una versión ampliada del publicado en el Diario de Teruel de la serie “Modelos energéticos para Teruel” realizado por el Colectivo Sollavientos

martes, 3 de julio de 2018

NIEVE EN VERANO

Para poder engañar a la humanidad no tendría que hacer tanta calor. Aun así, cada uno que pasa me mira pensando en el invierno. Es casi invierno en el otro hemisferio del planeta pero aquí no. Aquí casi es tiempo de cosecha aunque este año con todo lo que ha llovido, anda tardía.


Más gente andando admirando absortos el paisaje que, sin ayuda de efectos especiales, consigue sorprenderles cada año. En lo que va de este, tengo el agua a mi favor. El agua puede, cayendo desde el cielo dando de beber a la tierra, sumergirnos a todos en la vida que crea, incluso es capaz de cambiar el horizonte de la manera más literal. 


Al fin un niño dice en voz alta lo que todos piensan: “¡parece nieve!”- grita entusiasmado mientras hunde sus deditos en la blancura al borde del camino y lanza al viento mis flores ligeras como el Platero de Juan Ramón Jiménez, casi de algodón. 


Sigo sacudiéndome, lanzando al aire miles de ellas que casi flotan en el aire dejándose llevar como bolisas de enero.


El espectáculo está servido para quien sepa mirar a su alrededor, para quien no haya visto nunca nieve en verano y, quiera saber de verdad, como huele el pan al nacer.

Neus Asensi (texto y fotos)
Jorcas

domingo, 1 de julio de 2018

ECOLOGÍA DE LA DESPOBLACIÓN. UN CURSO DE LA UNIVERSIDAD DE VERANO DE TERUEL

La Universidad de Verano de Teruel oferta por primera vez un curso que tiene como objeto el analizar los efectos ecológicos del despoblamiento rural en el actual contexto del Cambio Climático, que tendrá lugar del 23 al 25 de julio en Teruel. Lo organiza D. José Manuel Nicolau, veterano investigador sobre temas ecológicos y problemas ambientales en el sur de Aragón además de profesor en el Campus de Huesca (Ciencias Ambientales).  


Entre los ponentes hay técnicos del medio natural, académicos y habitantes-gestores del medio rural. La naturalización y asilvestramiento (rewilding) de los montes en las últimas décadas está cambiando el funcionamiento de los ecosistemas y el flujo de servicios que recibimos de ellos. En este curso se abordarán los procesos biológicos e hidrológico-geomorfológicos involucrados, así como las medidas de gestión a aplicar para optimizar su funcionalidad. Finalmente se reflexionará sobre el papel que puede jugar esta recuperación de la naturaleza en la resolución de las crisis demográfica y socioeconómica que atraviesa el medio rural.

PROGRAMA 

- Cambios ecológicos tras el despoblamiento rural en un contexto de Cambio Climático 
- Cambios en las comunidades vegetales 
- Experiencias de gestión en Teruel: El proyecto Plantando Agua 
- Aspectos socioambientales del despoblamiento rural 
- Gestión forestal de los montes en el siglo XXI

Fechas: del 23 al 25 de julio 
Horas lectivas: 20 
Lugar: Teruel

HORARIO 

Día 23 de julio, lunes 

Mañana 

8:45-9:00 h. Recogida de documentación. 
9:00-11:00 h. Cambios ecológicos tras el despoblamiento rural en un contexto de Cambio Climático. D. José Manuel Nicolau. 
11:00-11:30 h. Descanso. 
11:30-13:30 h. Cambios en las comunidades vegetales. D. Patricio García-Fayos. 

Tarde
16:00-18:00 h. Cambio hidrológicos y geomorfológicos. D. Ignacio López Moreno. 
18:00-18:15 h. Descanso. 
18:15-20:15 h. Historia ecológica de los paisajes mediterráneos: el clima y el ser humano. D. Patricio García-Fayos.

Día 24 de julio, martes 

Mañana 

9:00-11:00 h. Experiencias de gestión de una Naturaleza en cambio: El proyecto Plantando Agua. D. José Manuel Nicolau.
11:00-11:30 h.  Descanso.
11:30-13:30 h. La expansión de los ungulados y sus depredadores. D. Juan Herrero. 

Tarde 

16:00-18:00 h. Aspectos socio-ambientales del despoblamiento rural. D. Javier Oquendo 
18:00-18:15 h. Descanso 
18:15-20:15 h. Mesa redonda. La naturaleza: ¿un activo o una carga para una sociedad rural despoblada? D. Manuel Lázaro; D. Chabier de Jaime; Representante empresarial. Moderador: D. José Manuel Nicolau.

Día 25 de julio, miércoles 

Mañana 

9:00-11:00 h. Gestión forestal de los montes en el siglo XXI. D. Enrique Arrechea. 
11:00-11:30 h. Descanso. 
11:30-13:30 h. Incendios forestales y cambio global ¿oportunidad o catástrofe? D. Alvaro Hernández. 13:30 h. Clausura del curso.

NÚMERO DE PLAZAS: Limitadas.

MATRÍCULA: Tarifa general: 125€. Tarifa reducida: 95€ Tendrán derecho a la tarifa reducida los estudiantes sin trabajo, los desempleados, los jubilados, el personal de la Universidad de Zaragoza y los tutores de prácticas de los alumnos de las distintas titulaciones del Campus de Teruel.

INFORMACIÓN: Fundación Universitaria “Antonio Gargallo”. Universidad de Verano de Teruel. Campus de Teruel de la Universidad de Zaragoza C/Atarazana, 4; 44003 Teruel Tel. 978 618 118 
E-mail: unverter@unizar.es 
Facebook: Universidad de Verano de Teruel Twitter: @uvteruel

jueves, 25 de enero de 2018

TIEMPO DE FEMAR

En las montañas mediterráneas, durante siglos, la economía se ha basado en dos tipos de actividades básicas: la agricultura y la ganadería. Ambas, se han complementado para optimizar la producción y mantenerla en el tiempo. Conseguir la sostenibilidad. No ha sido fácil en un medio físico marcado por la escasez de precipitaciones y por los relieves pronunciados.


En determinados momentos históricos, la sociedad rural se ha visto presionada por factores que han desequilibrado el sistema. El empobrecimiento producido por las guerras o el crecimiento demográfico han provocado la roturación de tierras de escasa aptitud agrícola, en ocasión acompañada de la privatización de comunales. En definitiva, la pérdida de suelo fértil, en el monte y en los campos.

Los suelos agrícolas producen bienes que el agricultor extrae, que retira del terreno. Semillas, frutos, forraje, paja ... contienen nutrientes minerales (nitrógeno, potasio, fósforo y oligoelementos). Año tras año. O cada dos años si, razonablemente, se hacía barbecho.

Los rumiantes domésticos que pastan en los montes o en los campos ganado toman nutrientes orgánicos para crecer, produciendo carne, leche o lana al ganadero. Productos para una economía de mercado. 


Las ovejas, las vacas o las cabras, transforman la biomasa vegetal, fundamentalmente celulosa y lignina, en proteínas y en lípidos. Esta transformación requiere de complejos procesos metabólicos en los que estos animales producen unas sustancias nitrogenadas como residuo (urea y ácido úrico), siendo eliminadas por la orina. Por otro lado, una parte de los restos lignocelulósicos de los alimentos vegetales más fibrosos no llegan a digerirse, a pesar de la la doble digestión que implica la rumia, y se eliminan con los excrementos. 


En su movimiento por el campo, los rumiantes, al orinar o defecar, devuelven al suelo estos materiales que serán integrados en el suelo retornando parcialmente lo extraído. El ganadero, al encerrar el rebaño en las majadas o parideras, hace un acopio de excrementos y orina que se mezclan con la paja o con otros productos vegetales que ha utilizado como cama. Esta mezcla de paja, excrementos y orina forma el fiemo (fem, en catalán). Un producto muy valioso en la economía agraria.


Algunos historiadores sostienen que la enorme importancia de la ganadería en los reinos hispánicos fue el resultado de la necesidad de producir estiércoles destinados para los suelos agrícolas. Y que, antes de la utilización de los abonos de origen mineral, la superficie cultivada se ajustaba a la que podría ser fertilizada por la cabaña ganadera. Esto se rompió con el cambio de régimen, las desamortizaciones, la rotura de los comunales, el colapso de las grandes instituciones ganaderas (Mesta en Castilla y Casa de Ganaderos en Aragón) y de la trashumancia.

Pero ni la ganadería extensiva ha desaparecido ni la agricultura ha dejado de aprovechar los estiércoles, aunque muchos ya provienen de animales estabulados. 

Precisamente en esta época del año comienza a llevarse a los campos el fiemo extraído de las granjas y parideras. Es tiempo de femar.

Y, en el Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra, podemos ver cómo durante estos días de invierno se lleva a los campos el fiemo sacado tras limpiar las majadas y las granjas. En Galve ...


En Allepuz ...


En Jorcas ...


En Aguilar del Alfambra ...


El fiemo se emplea en la agricultura extensiva de los secanos. pero, a menor escala, en los diminutos huertos cercanos a los pueblos que aún funcionan, como este de Camarillas, en el que se puede observar el elevado aporte, en consonancia con los frutos que se le exige a la tierra.


Dentro de unas semanas, conforme el agricultor-ganadero saque un rato, extenderá por el campo ya labrado y preparado con el cultivador el fiemo para envolverlo en la tierra y prepararla para la siembra en el próximo otoño. Como puede verse en este campo de Cedrillas.


Los paisajes que disfrutamos durante nuestras excursiones necesitan de unos protagonistas que son los que los cuidan y mantienen: los agricultores y los ganaderos.

Y de unas labores. Entre otras, el femar. Y esto hay que recordárselo a las nuevas generaciones, cada vez más alejadas del campo, cada vez más inmersas en la vida urbana y sus dinámicas.

Por que el campo no es solo una postal.

domingo, 14 de enero de 2018

OROMEDITERRÁNEO

Según el área de distribución actual de los seres vivos, los geógrafos dividen la superficie terrestre en seis territorios. Estos territorios naturales reciben el nombre de reinos. La mayor parte de Norteamérica, de Asia, la totalidad de Europa y una pequeña parte norte de África forman parte del reino Holártico.

Cada reino, a su vez, se subdivide en otras unidades biogeográficas menores conocidas como regiones. En el reino Holártico hay once regiones. La península Ibérica se encuentra entre dos regiones. La parte norte, que se extiende por Galicia, la cordillera Cantábrica y el Pirineo, pertenece a la región Eurosiberiana (o Medioeuropea). El resto de la península Ibérica lo hace a la región Mediterránea, como buena parte de la península Itálica, Balcánica, el oeste de la de Anatolia y el norte del Magreb. El Alto Alfambra se sitúa, pues, inmerso en la región Mediterránea.

Si se relaciona la distribución geográfica de los seres vivos con la climatología (temperatura y precipitación) de cada territorio se obtienen unos índices bioclimáticos. Estos índices permiten establecer unos grupos de intervalos que se pueden hacer coincidir con los pisos de vegetación observados en cualquier lugar de la Tierra al ascender en altitud o en latitud.

Para la región Mediterránea, el profesor Rivas-Martínez estableció cinco pisos de vegetación. Desde el nivel del mar hasta las altas cimas, en la península Ibérica se pasa por los pisos, inframediterráneo, termomediterráneo, mesomeditarráneo, supramediterráneo, oromediterráneo y crioromediterráneo.

Estos pisos de vegetación se establecen por un índice de termicidad pero, en líneas generales, la temperatura media anual es el factor determinante. Así, el piso oromediterráneo corresponde con aquellas zonas que presentan temperaturas medias anuales comprendidas entre los 8 ºC y los 4 Cº mientras que el supramediterráneo serán aquellas en las que estas se encuentran entre los 12 ºC y los 8 ºC.

Pisos bioclimáticos. Fuente: Especies forestales
Los sector central y norte del alto Alto Alfambra, es decir, los términos de Galve, Camarillas, Aguilar del Alfambra, Jorcas y las partes de menor altitud de Ababuj, El Pobo, Monteagudo del Castillo y Cedrillas, se encuentran en el piso supramediterráneo. Sin embargo, las zonas más altas, aquellas inmersas en las sierras de Gúdar y de El Pobo, incluyendo el valle del Sollavientos, lo están en el piso oromediterráneo. El límite de altitud, en esta parte de la cordillera Ibérica suele encontrarse entre los 1.500 y los 1.600 m.

Estos aspectos térmicos hay que complementarlos con los datos de precipitación. Así, en la península Ibérica se establecen seis tipos de ombroclimas: árido, semiárido, seco, subhúmedo, húmedo e hiperhúmedo.

A las plantas, al estar en permanente contacto a través de sus raíces, también les influyen las características químicas del suelo. Este, a su vez, está muy influenciado por el tipo de roca. En líneas generales, tienden a establecerse dos tipos de sustratos principales: los básicos (generalmente carbonatados, con pH superior a 7) y los ácidos (generalmente silíceos). En el Alto Alfambra, predominan los sustratos básicos, aunque en algunas zonas concretas afloran rocas silíceas.

Imagen ampliada del valle del Alfambra obtenida del Mapa de Series de Vegetación de España (1:400.000). En trama de color rosa rayado (14a) los sectores del piso oromediterráneo
Hace una semana recorríamos las Lomas de Valdespino, en el término municipal de Monteagudo del Castillo. En la Majada Redonda, donde afloran las rocas carbonatadas y la altitud alcanza los 1.600 metros, se mostraba en su esplendor la serie de los pinares, enebrales y sabinares basófilos. Ahí estaba la tríada oromeditarránea propia de las montañas calizas. 


El pino royo (Pinus sylvestris), la chaparra (Juniperus sabina) y el enebro común (Juniperus communis). Es la alta montaña mediterránea que también asoma en el Alto Alfambra.

lunes, 8 de enero de 2018

EL MATAPUERCO

Llegados los primeros y fríos días de diciembre, para el puente “de la Purisma”, comenzaba el rito del “Matapuerco” en cada una de las casas de los pueblos que forman el Alto Alfambra.


Todo se iniciaba en el mes de septiembre de un año antes con la compra en pueblos y masadas cercanas o proveniente de la cría en la misma casa, del protagonista, que era instalado en la “Corte”, un pequeño habitáculo de piedra con puerta vertical y un comedero compuesto por una piedra labrada.


... y una tapadera de madera móvil que se accionaba desde el exterior y que servía para alimentar a los animales.


Las cortes se encontraban principalmente junto a las cuadras de las caballerías en el interior de las casas ...


 o en el corral de la entrada ...


Aquella era una época en la que los males olores no causaban malestar entre los vecinos, pues cada cual criaba su tocino, una garantía de supervivencia, y al mismo tiempo, era una crianza más natural. La alimentación básica consistía en subproductos de la huerta como patatas, remolachas, coles, etc. También era costumbre recolectar las hojas verdes de los olmos que se mezclaban con agua y harina de cebada.

Dependiendo de la importancia y del número de miembros de cada casa se sacrificaban uno o varios cerdos y, un día antes, varias ovejas viejas para realizar la mezcla de las carnes en la elaboración de los embutidos.

Llegado el día y teniendo preparados el banco (normalmente un trillo viejo) las herramientas de matarife, barreños, cestos, etc., se empezaba tomando unas barrachas y unas pastas. Posteriormente, se procedía a sacar el cerdo de la corte, cogiéndolo con el gancho y depositándolo sobre el banco, era necesario la fuerza de varios hombres para sujetarlo. La sangre que caía en un barreño tenía que ser manipulada dándole vueltas constantemente para que no se coagulase, posteriormente se emplearía en la realización de las morcillas o para comerla cocida.


Una vez muerto el animal se procedía a socarrarlo usando aliagas ardiendo pinchadas por una horquilla.


Posteriormente se lavaba con agua caliente. Después se frotaba con piedra tosca y con un cuchillo especial se raspaba la piel para no dejar pelo alguno. Ya estaba listo para trocearlo.


Primero se cortaban las “manos de ministro”, se colocaba de rodillas para de este orden quitarle la cabeza ...


darle un corte de la nuca al rabo para hacer dos piezas iguales ...

A continuación se sacaban el espinazo, los lomos, las costillas, los espaldares y los jamones ...


que eran trasladados al granero para que se enfriasen y "joreasen" antes de hacer la conserva ...


 los jamones y otras piezas eran salados en las mismas casas ...


... para su consumo posterior.


Tras ello llegaba el almuerzo. Este consistía, principalmente, en partes de hígado, tocino y costillas del cerdo fritos, incluso antes de pasar la muestra por el veterinario. El almuerzo era consistente ya que no era costumbre volver a sentarse en la mesa hasta la hora de la cena.

Posteriormente se lavaban las correas (tripas) para usarlas en la elaboración de los embutidos.


Con la carne sobrante, una vez desprendida de la corteza y añadiendo las canales de las ovejas, hacían chorizos y longanizas. Primero capolando la carne y después mezclándola con las especias correspondientes


Un embutido típico era “la bueña”, que se realizaba con la carne cocida y capolada de lengua, livianos o lubianos (pulmones), riñones y demás menudencias mezclada con las especias del chorizo.

Una vez estaba toda la carne capolada y mezclada con las especias y en sus respectivos barreños, se procedía a embutir usando para ello las tripas del cerdo lavadas que se introducían en la parte más estrecha de un embudo de la máquina de embutir ...


... mientras que la carne se ponía por la parte ancha y era empujada mediante una rústica palanca de madera.



Posteriormente, todo el embutido era colgado en la falsa en largas ramas peladas y secas de chopo para su secado y posterior elaboración de la conserva (20-21).


Mientras tanto se ponía a cocer el arroz que más tarde se mezclaría con la sangre, algo de grasa y las especias correspondientes para realizar las morcillas. Esta era una de las faenas más engorrosas porque aparte de mezclar y embutir tenían que cocerse en agua hirviendo.


Para ello se usaban mimbres cogidos de los huertos donde se colgaban varias morcillas y se introducían en el caldero de agua hirviendo quedando las puntas del mimbre apoyadas en los cantos del barreño para sacarlas una vez cocidas.


Estas posteriormente se depositaban en el suelo encima de paños hasta que se enfriaban.


También era habitual hacer morcillas de pan para consumirlas como” dulce”. Se preparaban empleando sangre, pan rallado, grasa, especias y miel. Solía comerse cruda.


El "joreo" de los costillares, lomos y longanizas era bien vigilado.


Era necesario el frío y el viento. Pero no demasiado. Mucho frío podía provocar que se helara, cuando aún tenía la carne mucha agua. Mucho aire provocaba que se endureciera por fuera pero que se quedara cruda por dentro. Para ello era necesario regular bien la apertura de los ventanos.


Bien entrado enero, cuando los lomos, costillares y longanizas ya habían perdido suficiente agua, se preparaba la "conserva". Se cortaban y troceaban todas estas piezas y se freían, generalmente en aceite de girasol, que era más económico, con laurel y granos de pimienta. Y se llevaban a las tinajas los trozos fritos para ser cubiertos por aceite. Así, podían conservarse durante meses, sin necesitar otra técnica como la nevera o los conservantes.


Eran días de intenso trabajo colectivo en la familia. La casa estaba patas arriba, pues cualquier otro quehacer se dejaba para acabar el matacerdo cuanto antes. El tiempo corría y todo tenía que hacerse en su momento para que el producto saliera bien y todo el esfuerzo de la crianza del tocino llegara a buen término. Al final se disponía de carne y embutido en la despensa para el resto del año.

Chusé Lois Paricio Hernando