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sábado, 18 de agosto de 2018

COSICAS DEL POBO (IV)

La edición de revistas locales es un indicador del creciente interés por conocer la historia, las costumbres y los valores naturales de los pequeños pueblos de Aragón. Estas publicaciones, al mismo tiempo, son reflejo de las diversas actividades culturales que se desarrollan en ellos, son el fruto de la implicación de algunas personas inquietas y de muchas otras que las apoyan por tratarse de algo propio e importante: la identidad de su pueblo.  

Así, en las últimas décadas, surgen este tipo de iniciativas y es cada vez mayor el número de localidades que disponen de una revista cultural local. Sin embargo no es tan habitual que en un mismo pueblo haya dos revistas culturales. Este es el caso de El Pobo, que tiene dos, ambas de periodicidad anual.

Por un lado cuenta con Poborina Folk, la revista del reconocido Festival de Música de Raíz. Y por otro, Cosicas del Pobo. Pues de esta queremos hablar. 


Cosicas del Pobo surgió en 2014 como una extensión del Poborina Folk con el objeto de dar a conocer -a los locales y a los visitantes- la historia, la sociedad y las costumbres de esta localidad de la Sierra. Es editada por la Asociación Cultural La Albada de El Pobo y dirigida por Juanjo Martín Escriche.

En el primer y en el segundo número se compilaron un buen número de notas históricas obtenidas de la lectura de documentos consultados en diversos archivos. El tercer boletín fue dedicado a glosar las biografías de personas vinculadas con El Pobo. 

Cosicas del Pobo nº 4, fechado en octubre de 2017, tiene el certero título "Memoria fotográfica" pues compila treinta y cinco fotografías antiguas tomadas en esta localidad y que formaban parte de una exposición presentada en la Fiesta de San Isidro ese mismo año.

Las mayoría de las fotos son personales. Los protagonistas son las personas que le han dado -o le siguen dando- vida a las calles y campos de pueblo. Son las fotos más queridas por los vecinos por que cada cual tiene una -o muchas- compartidas con estas personas. Abundan las fotos del servicio militar, las escolares y las familiares.

Son fotos entrañables que reflejan los trabajos agrícolas ... 


o domésticos ...


... de otros tiempos.

Es el reflejo de la religiosidad popular ...


de la diversión ...


... de las generaciones previas al éxodo rural.

Predominan, decíamos, las fotos personales. Pero, entre las personas, hay también rincones del pueblo, que se han perdido con el paso del tiempo ...


Es una gran noticia la edición de un nuevo ejemplar de Cosicas de El Pobo. Estos monográficos tan ilustrados y en los que se reconocen los protagonistas tienen el éxito asegurado. Sin embargo, no debería perderse la línea inicial de divulgar el objeto de los estudios, el dar luz a los hallazgos en los viejos legajos, porque ese es el camino para interpretar el presente y una ayuda para buscar el camino en los tiempos que están por llegar. 

¡Larga vida a Cosicas!

sábado, 4 de agosto de 2018

ALLEPUZ. SEMANA CULTURAL 2018

Un completo programa de actividades reúne la Semana Cultural 2018 de Allepuz. 

Observación de estrellas, marcha senderista, yoga, teatro, actuación musical, presentación de un libro, mercadillo, degustaciones gastronómicas, talleres de manualidades para niños, concurso de tapas, cine y el II Certamen de Pintura al aire libre "Pascual Berniz".

Y una amplia oferta de conferencias sobre astronomía, salud, seguridad, cine, consumo de agua y sobre el patrimonio hidraúlico que suponen las fuentes de Allepuz. 


¡Acércate a Allepuz!

miércoles, 21 de marzo de 2018

ALGUNAS VECES

El 21 de marzo comienza la primavera en nuestro hemisferio. La primavera es una estación anual vinculada con el renacer de la vida pero también con los sentimientos e, indirectamente, con la poesía

Hace casi cinco años, Diago Colás escribió "Algunas veces". Un poema dedicado a los álamos negros trasmochos en el marco de la celebración de la V Fiesta del Chopo Cabecero, celebrada en el valle del río Pancrudo, en Lechago y Cuencabuena.

Hoy día 21 de marzo queremos celebrar el Día Internacional de la Poesía -y también el Día Internacional de los Bosques- trayendo a nuestro blog aquellos versos y acompañándolos con tres fotografías de Chusé Lois Hernando.


Algunas veces, si los aromas son propicios,
las otoñales lágrimas de los árboles gigantes
invaden la mirada amarilla de los rastrojos
y relatan su historia.

Entonces las casas recuerdan de qué prenda
se vistieron sus alturas para culminar su techumbre.
Entonces el hierro de las estufas emite un silábico
ronroneo y concreta en qué nutritivo fuego
se calentaron sus moradores.


Llegó acto seguido la noche de la industria,
ese paquidermo inamovible que se llevó los pueblos
y también la anciana forma de armar las techumbres,
al hierro que ronronea quedo en las estufas
y el modo de cortar el cabello a los árboles gigantes.

Algunas veces, tan sólo algunas, si la tierra
recién labrada y humeante no se resigna a su abandono
y los nietos convocan los usos de los abuelos,
las foliares lágrimas invaden el amarillo de los rastrojos
y relatan su historia.


Los árboles gigantes se perpetúan furos
aún a pesar de la soledad viscosa del olvido.
Su manto protector se extiende a los coleópteros
y alimenta sus élitros con el maná de sus adentros.

El amanecer de la escamonda irrumpe en la noche
de la industria y les corresponde aguardar calmos
el despertar, por fin, de las yemas tiernas.

Se renuevan así los lazos neolíticos y el ancestral
compromiso de las sociedades con su paisaje.
Se formalizan las nuevas y esperanzadoras uniones
y se derrocaron los exilios y pone fin a los destierros.


Algunas veces, si los aromas son propicios,
las otoñales lágrimas de los árboles gigantes
sirven de fértil sustento a las sociedades
y relatan su historia.

lunes, 12 de marzo de 2018

IN MEMORIAM

El pasado día 17 de enero de 2018 se colocó la maquinaria restaurada del viejo reloj de la torre, sobre un armazón de hierro, en el salón de plenos del Ayuntamiento de El Pobo, donde quedará ya expuesta. Puede datarse su antigüedad entre las décadas de 1920 o 1930.


Con cuidado, se tomó nota de las instrucciones para ponerlo en hora y accionarlo que nos dio el relojero D. Francisco Gómez Jiménez, encargado de su rehabilitación, a fin de no "estropialo". Ya padecía ciertos achaques cuando se sustituyó por otro electrónico que hay ahora.


A su vez, la primera esfera del reloj fue de cinc, la siguiente de cristal y la que hoy luce en lo alto del campanario es de metacrilato.



Por las características térmicas de los materiales del reloj (hierro y bronce), más en lugar tan expuesto como un campanario de la Sierra, en invierno atrasaba y en verano adelantaba. Por ello, había que ajustarlo desde la rosca que tiene el péndulo para contrarrestar dichas acciones. En este tipo de relojes la vara del péndulo es de madera.


El cuartito del reloj, que está un poco más abajo del cuerpo de campanas y cerrado con llave, fue siempre objeto de misterio y curiosidad para los legos. A través del tiro de la torre descendían las pesas. En algún momento se colocó un pequeño motor para hacer el remonte y no tener que subir a darle cuerda al reloj, que funciona por gravedad.

Nosotros sólo hemos conocido un relojero en El Pobo: el tío Pedro Sánchez, fallecido el día 7 de enero de este año y enterrado aquí. Fue hombre de iglesia, de guiñote y de huerto; albañil, cantador de albadas y juez de paz. Parece como si con él se cerrara una época completa. A este respecto, creo que muy apropiado sería recordar un proverbio latino, escrito en algunas viejas esferas de reloj. Dice así: "Vulnerant omnes, ultima necat", o sea, todas hieren, la última mata, refieriendose a las horas y que, en este caso particular, atañe al relojero que tanto se desveló. No en vano, en la maquinaria del reloj reza una placa:

Restaurado por:
Relojes y campanas monumentales, 2018
En recuerdo a:
PEDRO SANCHEZ TENA
1935-2018

Fue el Ayuntamiento quien históricamente se hizo cargo del reloj de la iglesia hasta hoy en día. No fue el primer mecanismo. Rebuscando en el Archivo Municipal puede verse el pago del Concejo a Esteban Domingo por "Cuidar del Relox", ya en el año 1729. Ese empleo será heredado por su hijo, Braulio Domingo. El cerrajero Miguel Sánchez Nadal suele hacer reparaciones del reloj por aquella época. Fue el artífice de los herrajes de la puerta del Loreto (1748), que orgullosamente marcó con su nombre. También hizo los existentes en el portón de la desaparecida casa del número 12 de la calle del Carmen, actualmente solar. Parte del arco de medio punto que lo enmarcaba, fechado en 1737, podemos verlo hoy encastrado en el piso superior de la antigua carnicería, haciendo de ventanal. Luce un escudo heráldico. Son las paradojas del destino: tan celosos como se mostraron los concejos del siglo XVIII frente a los privilegios de los infanzones, nunca habrían permitido colocar otro emblema distinto al suyo en un edificio de clara titularidad municipal.


Desde lo alto de la torre un nuevo reloj da las horas. Como siempre, las da a ricos y pobres por igual. A las plantas de sus pies, junto al amplio arco ojival del atrio, impertérrito, marca el devenir un reloj de sol de muy buena fábrica, hecho de un solo bloque de azulada piedra de calar en 1706.

Reloj de sol en la iglesia de El Pobo
Éste ya dio la hora del cambio de dinastía austriaca a la borbónica en el trono de España y otros muchos momentos nuestros no tan pregonados. El tiempo no perdona.

Juanjo Martín Escriche (El Pobo)

miércoles, 14 de febrero de 2018

MI PUEBLO

Mi pueblo, Aguilar del Alfambra, es, como tantos pueblos turolenses, una margarita  cuasi deshojada por la impaciencia amatoria de la despoblación.

Cada vez que un habitante emprende la atrocidad del último viaje machadiano, su ausencia arranca un pétalo de esa flor ancestral que mantiene la vida (del pueblo) cabizbaja.


El tío Joaquín bajaba «in illo tempore» la rambla infinita de la calle mayor, a bordo de un Citroën destartalado que era, en su nobleza, un sublime RollsRoyce. Los niños, a su paso, acelerábamos el trote de nuestras bicicletas y él nos saludaba con su bocina áurea que era, en su rutina, la rapsodia del corazón. Siempre trabajando, siempre diligente, el tío Joaquín conducía aquel coche y los campos del pueblo ensanchaban la vida.

La vida era un verano y era también, su trigo. Y seis cartas sagradas en las manos sabias, del tío Tomás. Un hombre bueno, rotundo y complaciente que jugaba al guiñote, con alma de tratadista y el humanismo sagrado de las personas que intuyen que todo lo importante cabe en la risa de un bar.

Cuando era pequeño, me gustaba observar con qué entusiasmo ilustre tiraba su carta contundente; era (a su pesar) una institución indiscutida en el arte de arrancarle a los naipes el grial excelso de la felicidad.

«Si quieres aprender a jugar al guiñote (decía mi yayico) mira, calladico, cómo juegan Ramón y Tomás».

Ramón es Di Stéfano, Tomás era Pelé. Y yo un crío bárbaro que no entendía el secreto de ese juego aragonés. Pero aprendí a jugar observando a Tomás (el maestro) escuchando los golpes en la mesa cuando, en un arrastre, el as del contrincante le arrebataba el tres.

«Qué mal juegas, José Antonio» le espetaba a mi padre y luego sonreía, porque era pura alegría, pura luz solariega, pura espiga en la piel. Y así, siempre risueño, tomaba su motoreta eléctrica y salía a los campos o ellos a su mirada cálida en tierra fría.

Nuestro Teruel.


El tío Joaquín y el tío Tomás han tomado la barca de la trascendencia desnudos de equipaje, jamás de estima.

Porque no desaparecen los pétalos del amor que ha arrancado la muerte y yo veré el Citroën aparcado en la fuente y observaré a Tomás (aunque no se lo diga) cuando allí, en su mesa, alguien mueva las cartas donde él ya no esté.

Aguilar del Alfambra, mi aldea turolense, es una margarita cuasi deshojada, pero en mi memoria resplandece ebria de pétalos y de floraciones: todas las personas que ayer estuvieron, hoy permanecen y mañana vendrán.


En la pared nichal del camposanto, dos noches cerradas cantan a la vida y me hacen llorar.

Qué anchas son las despedidas, qué estrecho el atardecer labriego.

El atardecer. Su soledad.


Dani Izquierdo Clavero (Aguilar del Alfambra)

domingo, 14 de enero de 2018

UN RECUERDO DE LA FIESTA DEL ÁRBOL EN JORCAS

La Fiesta del Árbol fue una actividad de educación ambiental cuyo origen mundial se inicia en la provincia de Cáceres en 1805 y se retoma para toda España por Decreto Real en 1915, con el propósito de fomentar desde la infancia el amor a los árboles, el compromiso comunal, el sentido de la responsabilidad hacia los bienes públicos y el respeto al trabajo. El Ayuntamiento de cada municipio, en colaboración con los maestros, organizaba una plantación de árboles en la que participaban todos los niños y niñas. En ocasiones, se ajardinaban predios cercanos a los núcleos urbanos o a las ermitas, en otros casos, se plantaba en espacios comunales. Eran tiempos en los que la población rural alcanzaba máxima expresión, tiempos en los que los rebaños apuraban en el campo cualquier mata o arbusto que hubiera escapado a su aprovechamiento como leña. Tiempos, en los que, muchas veces, los propios niños tenían que abandonar su formación para guiar un pequeño atajo de ganado con el fin de apoyar la economía familiar.

Gran parte de los árboles veteranos que hoy pueden encontrarse en los alrededores de nuestros pueblos, tienen este origen. Acacias en suelos secos y pobres, sargatillos, mimbreras, olmos o chopos en suelos algo más feraces de ribera, eran plantados y cuidados, mejor o peor, llegando con el tiempo algunos de ellos hasta nuestros días y quedando en la memoria de sus tiernos plantadores. En Jorcas es muy querida la acacia que crece junto al pórtico de la iglesia.


En algunos pueblos del Alto Alfambra, tras la emigración producida en la segunda mitad del siglo XX, los pueblos fueron perdiendo población y los niños dejaron de alegrar las paredes de los colegios que terminaron cerrándose y destinándose a otros fines. Esto mismo ocurrió en Jorcas.

En esta localidad, el empeño y la ilusión de sus vecinos y del Ayuntamiento consiguió recuperar la Fiesta del Árbol en 2008, teniendo continuidad en los siguientes de tal modo que en 2012, Lucía Pérez, una de las personas que colaboró en esta iniciativa, confeccionó un fotocómic para que quedara constancia. A continuación os dejamos con el mismo.

¡Esperamos que os guste!

lunes, 8 de enero de 2018

EL MATAPUERCO

Llegados los primeros y fríos días de diciembre, para el puente “de la Purisma”, comenzaba el rito del “Matapuerco” en cada una de las casas de los pueblos que forman el Alto Alfambra.


Todo se iniciaba en el mes de septiembre de un año antes con la compra en pueblos y masadas cercanas o proveniente de la cría en la misma casa, del protagonista, que era instalado en la “Corte”, un pequeño habitáculo de piedra con puerta vertical y un comedero compuesto por una piedra labrada.


... y una tapadera de madera móvil que se accionaba desde el exterior y que servía para alimentar a los animales.


Las cortes se encontraban principalmente junto a las cuadras de las caballerías en el interior de las casas ...


 o en el corral de la entrada ...


Aquella era una época en la que los males olores no causaban malestar entre los vecinos, pues cada cual criaba su tocino, una garantía de supervivencia, y al mismo tiempo, era una crianza más natural. La alimentación básica consistía en subproductos de la huerta como patatas, remolachas, coles, etc. También era costumbre recolectar las hojas verdes de los olmos que se mezclaban con agua y harina de cebada.

Dependiendo de la importancia y del número de miembros de cada casa se sacrificaban uno o varios cerdos y, un día antes, varias ovejas viejas para realizar la mezcla de las carnes en la elaboración de los embutidos.

Llegado el día y teniendo preparados el banco (normalmente un trillo viejo) las herramientas de matarife, barreños, cestos, etc., se empezaba tomando unas barrachas y unas pastas. Posteriormente, se procedía a sacar el cerdo de la corte, cogiéndolo con el gancho y depositándolo sobre el banco, era necesario la fuerza de varios hombres para sujetarlo. La sangre que caía en un barreño tenía que ser manipulada dándole vueltas constantemente para que no se coagulase, posteriormente se emplearía en la realización de las morcillas o para comerla cocida.


Una vez muerto el animal se procedía a socarrarlo usando aliagas ardiendo pinchadas por una horquilla.


Posteriormente se lavaba con agua caliente. Después se frotaba con piedra tosca y con un cuchillo especial se raspaba la piel para no dejar pelo alguno. Ya estaba listo para trocearlo.


Primero se cortaban las “manos de ministro”, se colocaba de rodillas para de este orden quitarle la cabeza ...


darle un corte de la nuca al rabo para hacer dos piezas iguales ...

A continuación se sacaban el espinazo, los lomos, las costillas, los espaldares y los jamones ...


que eran trasladados al granero para que se enfriasen y "joreasen" antes de hacer la conserva ...


 los jamones y otras piezas eran salados en las mismas casas ...


... para su consumo posterior.


Tras ello llegaba el almuerzo. Este consistía, principalmente, en partes de hígado, tocino y costillas del cerdo fritos, incluso antes de pasar la muestra por el veterinario. El almuerzo era consistente ya que no era costumbre volver a sentarse en la mesa hasta la hora de la cena.

Posteriormente se lavaban las correas (tripas) para usarlas en la elaboración de los embutidos.


Con la carne sobrante, una vez desprendida de la corteza y añadiendo las canales de las ovejas, hacían chorizos y longanizas. Primero capolando la carne y después mezclándola con las especias correspondientes


Un embutido típico era “la bueña”, que se realizaba con la carne cocida y capolada de lengua, livianos o lubianos (pulmones), riñones y demás menudencias mezclada con las especias del chorizo.

Una vez estaba toda la carne capolada y mezclada con las especias y en sus respectivos barreños, se procedía a embutir usando para ello las tripas del cerdo lavadas que se introducían en la parte más estrecha de un embudo de la máquina de embutir ...


... mientras que la carne se ponía por la parte ancha y era empujada mediante una rústica palanca de madera.



Posteriormente, todo el embutido era colgado en la falsa en largas ramas peladas y secas de chopo para su secado y posterior elaboración de la conserva (20-21).


Mientras tanto se ponía a cocer el arroz que más tarde se mezclaría con la sangre, algo de grasa y las especias correspondientes para realizar las morcillas. Esta era una de las faenas más engorrosas porque aparte de mezclar y embutir tenían que cocerse en agua hirviendo.


Para ello se usaban mimbres cogidos de los huertos donde se colgaban varias morcillas y se introducían en el caldero de agua hirviendo quedando las puntas del mimbre apoyadas en los cantos del barreño para sacarlas una vez cocidas.


Estas posteriormente se depositaban en el suelo encima de paños hasta que se enfriaban.


También era habitual hacer morcillas de pan para consumirlas como” dulce”. Se preparaban empleando sangre, pan rallado, grasa, especias y miel. Solía comerse cruda.


El "joreo" de los costillares, lomos y longanizas era bien vigilado.


Era necesario el frío y el viento. Pero no demasiado. Mucho frío podía provocar que se helara, cuando aún tenía la carne mucha agua. Mucho aire provocaba que se endureciera por fuera pero que se quedara cruda por dentro. Para ello era necesario regular bien la apertura de los ventanos.


Bien entrado enero, cuando los lomos, costillares y longanizas ya habían perdido suficiente agua, se preparaba la "conserva". Se cortaban y troceaban todas estas piezas y se freían, generalmente en aceite de girasol, que era más económico, con laurel y granos de pimienta. Y se llevaban a las tinajas los trozos fritos para ser cubiertos por aceite. Así, podían conservarse durante meses, sin necesitar otra técnica como la nevera o los conservantes.


Eran días de intenso trabajo colectivo en la familia. La casa estaba patas arriba, pues cualquier otro quehacer se dejaba para acabar el matacerdo cuanto antes. El tiempo corría y todo tenía que hacerse en su momento para que el producto saliera bien y todo el esfuerzo de la crianza del tocino llegara a buen término. Al final se disponía de carne y embutido en la despensa para el resto del año.

Chusé Lois Paricio Hernando

viernes, 5 de enero de 2018

LLEGAN LOS REYES MAGOS A EL POBO

Cuando se visita la iglesia de El Pobo, llama la atención que el único cuadro de pintura existente es el que tiene como tema la Adoración de los Reyes Magos. Es una obra del pintor M. Diago que debió realizarse en la década de los '50 del pasado siglo. Es el tipo de pintura religiosa que se prodigó en España durante la posguerra, en un momento en el que la influencia religiosa en el régimen franquista fue muy intensa.


El cuadro está alojado en la parte central de un pequeño altar que se encuentra en la nave derecha del citado templo, enmarcado dentro de una especie de ventana de inspiración gótica, bajo un frontón rodeado de pináculos que sostiene un escudo que contiene tres bonetes. De hecho, el Altar de los Reyes, como es conocido en El Pobo, es propiedad de la familia Bonet. 


Según nos informa Juanjo Martín, este cuadro fue donado por D. Fausto Montserrat Bonet y por Dª Francisca Aracil Borrás. Es por ello que, está acompañado por dos imágenes de los santos patronos de los donantes. A la derecha, San Fausto Labrador, que muestra un rastrillo y una palma de martirio. A la izquierda, Santa Francisca Romana, que viste hábito negro y que va acompañada por un libro en las manos y unas manzanas y peras a los pies. Ambas imágenes descansan sobre dos ménsulas. La advocación del citado queda de manifiesto con la ornamentación del frontal, una especie de escudo con tres coronas y una estrella.

Este cuadro repuso a otro preexistente y que también estaba dedicado a la Epifanía que desapareció al inicio de la Guerra Civil, cuando en El Pobo se estableció la columna anarquista Torres-Benedito procedente de Castellón. Algunas personas mayores sostienen que el cuadro original fue decomisado para su venta en Francia mientras que la parte de madera fue destruida. El hecho es que no se supo más del mismo.

La Fiesta de los Reyes Magos se celebra en El Pobo con una cabalgata. Nada diferente a lo que ocurre en otras localidades, puede pensarse. Pero es una cabalgata un tanto especial pues implica un hermanamiento entre dos localidades: el Pobo y Camarillas. Desde hace más de una treintena de años, los vecinos de los dos pueblos se organizan para llevar los juguetes a los niños de ambas localidades. Tres jóvenes de El Pobo se visten de reyes magos y salen seguidos por una comitiva de coches para llegar a Camarillas en cuyo salón municipal reparten los regalos a los niños de esta localidad. A la vuelta, en una masía situada a mitad de camino, ceden sus trajes a otros tantos jóvenes de Camarillas que harán de reyes magos en El Pobo, entregando los regalos en la iglesia de esta localidad. Tras ello, se celebra una cena entre unos y otros, que termina con el consabido baile. El año siguiente, se invierte el orden, empezando y terminando en Camarillas. 

Todo sea por mantener la magia de esta noche. ¡Feliz día de Reyes!

jueves, 28 de diciembre de 2017

UNA TARDE CON LAS OVEJAS DE PEDRO CIRUGEDA

El paisaje del Alto Alfambra está definido por el marco físico del sector meridional de la cordillera Ibérica. Suaves relieves, notable altitud, variedad de rocas sedimentarias y, sobre todo, un clima de escasas precipitaciones y temperaturas bajas con acusada oscilación estacional. Pero, igualmente, este escenario es como es debido a un determinado aprovechamiento de los recursos naturales por el ser humano. Desde hace milenios ha dejado su impronta en el paisaje vegetal y en el cultural. La agricultura y, en especial, la ganadería ayudan a comprender y a disfrutar en toda su magnitud la estética y el funcionamiento de los extensos y hermosos páramos, de los secanos cerealistas o de las dulces dehesas de chopos cabeceros que acompañan al río Alfambra. Pero también, el carácter de sus gentes o su forma de entender la vida. 


Durante siglos y siglos, la organización del tiempo para la mayoría de sus vecinos ha venido marcada por el ciclo natural de la crianza del ganado, tanto de las vacas como de las ovejas. Por eso es tan importante conocer cómo se gestionan los rebaños, un conjunto de saberes que, aunque actualizado a las técnicas y a los requisitos del mercado, hunden sus raíces en una cultura trasmitida de padres a hijos.

Conocíamos a Pedro Cirugeda por su carácter observador y por el conocimiento de los montes de Camarillas. Su interés por el patrimonio se ha traducido en el descubrimiento de importantes hallazgos paleontológicos y arqueológicos, así como en el conocimiento de la flora silvestre, tras lo aprendido junto a estudiosos como los hermanos Herrero de Galve o a otros naturalistas que se han acercado a Camarillas. Su hermana Rosa y José Antonio Sánchez me animaron a hablar con él, acordando acompañarlo una tarde de diciembre por el monte mientras cuidaba su ganado. Era una oportunidad para aprender en directo y sobre el terreno los secretos naturales y culturales que encierran estas tierras altas, incluyendo los de la ganadería, la piedra roseta para interpretar este paisaje. 


Nos acercamos a su masada, donde reúne buena parte de sus tierras. Junto a la vivienda, hay una paridera.


En el corral sesteaban tres ovejas con sus corderos, una curiosa gata y un bando de palomas.


Entramos en el cubierto donde había varias estancias comunicadas entre sí. Las paredes estaban recorridas por pajeras de madera bien cumplidas de paja. En algunos puntos había bebederos conectados con un depósito de agua, situado en el interior para evitar las heladas. El espacio estaba compartimentado por vallas metálicas. 

En uno de los cercados había un grupo de ovejas con sus cordericos, nacidos durante la noche anterior, haciéndose ellos a ellas (y viceversa) a base de rozar, oler ... y de tetar. Es fundamental esta vinculación. Si una oveja no reconoce a su cordero, si no lo alimenta, en este tiempo frío, en menos de un día el pequeño morirá. Pedro las vigila una a una.

En otro cercado más amplio corretea una veintena de corderos algo mayores. Tienen pocos días. Están solos. Ahora mismo, sus madres están pastando en el campo. Pedro les pone comida en unas canales metálicas, pero aún no ponen mucho interés, pues prefieren la leche de las madres que retornarán en unas horas. Algunos son más menudos, los de menos días y los nacidos en partos dobles, los melguizos. Inquietos y en la penumbra, no se dejan fotografiar.


Nos acercamos a una pequeña paridera vecina que utiliza igualmente para organizar mejor el ganado. En el cubierto, hay más compartimentos separados por más vallas de hierro. En un extremo, seis mardanos, grandes y hermosos, los sementales del rebaño.


A su lado un par de machos jóvenes, separados hasta que sean capaces de integrarse con los demás. Los mardanos tienen mucha energía y agresividad, por lo que pueden dañarse a base de topetazos.

En unos pequeños recintos vemos a otras tantas ovejas atadas por el cuerpo con sus respectivos corderos. Ahí están sujetas para estimular el instinto maternal, para favorecer la relación entre una y otro. Es cosa de días. Cuando se consigue, se llevan a la otra paridera, y a comer al campo.


Y, por último, en el espacio mayor, se va engordando, a base de cereal, semilla de algodón y de gránulo, a una docena de corderos hasta que alcancen el peso para ser vendidos a la cooperativa Oviaragón, de la que nuestro amigo es socio. Nos comenta que los corderos consumidos para carne podrían pastar perfectamente en el campo teniendo un engorde más natural aunque más lento. El mercado y la rentabilidad mandan.


Pedro suelta a los dos perros, que lo reciben cariñosos y corretean con energía. Nos enseña la fuente que arregló junto a su padre. Tan solo sale un hilo de agua. Cualquier otro año, por estas fechas, llevaría mucho más caudal. En las pilas, se ha formado una fina costra de hielo. Nos explica que toma el agua por medio de una tubería de un antiguo chumarrial situado en el campo vecino. El agua es esencial en su trabajo. Nos vamos al campo.


La masada de la Atalaya, como otras muchas del término de Camarillas, está ubicada en la suave ladera de solana que desciende de una ringlera de cinglas calizas que separan las cuencas del Alfambra y la del Guadalope (río de la Val). Observamos la amplia ladera. Pedro nos señala el campo en el que dejó las ovejas por la mañana. No las vemos ni con prismáticos. Habrá que buscarlas.


Mientras vamos subiendo, nos explica con detalle la geología del terreno. El tipo de rocas, su edad, los ambientes sedimentarios y las estructuras tectónicas. Vamos pasando de unas formaciones geológicas a otras. La Formación Villar del Arzobispo, da lugar a la de El Castellar, que está cubierta por la de El Castellar y esta, a su vez, por la Formación Camarillas. Vamos cruzando las líneas imaginarias que tan bien reflejan los mapas. Nos movemos entre el final del Jurásico y el principio del Cretácico. 


Pasamos junto a otra fuente, esta completamente seca. Nos cuenta cómo la preparó también junto a su padre, ya fallecido, de quien ha aprendido el oficio y por quien muestra un profundo respeto. Ni rastro de las ovejas.

Nos muestra un campo en rastrojo. Nos explica que hace cincuenta años eran prados en los que pastaban vacas. Hoy solo vemos tierras secas. Pensamos en los cambios que han operado desde entonces. Cambios en el clima, largos periodos secos, al menos en las últimas décadas. Cambios sociales y productivos. Mecanización, especialización, simplificación ...

Nos indica, mientras tanto, algunas de las plantas que come el ganado. El alamio (Carex humilis), el cerrillo (Stipa sp.) ...


la hierba de los siete nudos (Polygonum aviculare), la pedrehuela (Thymus godayanus) ...


y otras que las rehúsa como la curruguia (Digitalis obscura), la ontina (Santolina chamaecyparissus), la ajedrea (Satureja intrincata ssp. gracilis) o la toyada (Genista mugronensis).

Subimos a unas crestas situadas a media ladera. Y ahí las tenemos. Cerca de cuatrocientas hermosas ovejas. Han estado comiendo en los rastrojos. Las espigas no cosechadas y la paja. Y después se han subido al monte. Pedro les echa unas voces y, ellas solas, comienzan a volver. No hace falta subir a recogerlas. No hacen falta los perros que escuchan las órdenes y observan  los movimientos del ganado.


En los campos de abajo, aquí y allá, acabamos encontrando tres corderos recién nacidos. Algunos están con la madre, que los lame, aprovechando los fluidos que impregnan su lana tras el parto. El otro está solo, balando, por lo que nos ponemos a buscar a la despistada madre. No está lejos, es fácil de reconocer por tener restos de la placenta en la vulva, completamente ensangrentada. Nos cuenta Pedro que no es habitual que nazcan tantos corderos en el campo en una misma tarde.


Hay que recogerlos. Los cogemos de las patas delanteras y nos acercamos al rebaño que baja con ganas de llegar a casa. Dos de las madres nos siguen inquietas sin separarse de su corderico. La otra se ha juntado con las demás ovejas aunque se la conoce por ser la que más bala. El cordero, igualmente, incómodo al ser llevado de la mano, no para de balar. La madre, aún más nerviosa, da vueltas y vueltas a nuestro alrededor.



Vamos bajando con el rebaño. Vuelven con ganas. Algunas por encontrarse con sus corderos y darles de mamar pues llevan lleno el braguero. Otras por que tienen sed. Todas, satisfechas después de haber comido y estirar las piernas por los campos.


Cae la tarde y no da tiempo a pastar más. Han comido bien en los rastrojos a pesar de que este otoño no hay renacido pues ha venido muy seco. Los pastos son escasos, hay que echar mano a la cosecha propia. Aumentan los gastos.

Tanto al subir como al bajar, Pedro nos ha ido explicando sus hallazgos. Aquí unos restos paleontológicos, allá los alizaces de un poblado celtíbero sobre una cresta, algo más lejos el espejo de una falla responsable de la elevación de los materiales mesozoicos del Alto Alfambra sobre los terciarios de La Val. Todo tal como viene, casi sin buscarlo.


Y, en eso que llegamos a la paridera. Tienen ganas de entrar. Pero hay que estajarlas. Primero las ovejas recién paridas con sus cordericos. Nos enreda una de ellas que hay que descubrirla entre todo el rebaño pues no tiene mucho instinto materno y hay que buscarla entre la multitud. Las marca con una pintura de cera roja sobre la lana del lomo para distinguirlas. Después aquellas ovejas que están dando de mamar. Una a una hay que ir entrándolas sin dejar pasar a las que no lo están. Se les conoce por la marca reciente. También es enredo pues todas tienen ganas de entrar a la vez.


Las madres balan al entrar en el corral. Dentro de la paridera, los corderos las conocen y les responden. Un coro de balidos llena el silencio del crepúsculo. Los juntamos y cada cual va a buscar el suyo, que comienza a mamar, al tiempo que come algo de pienso en la canal.

Después, dejamos entrar al resto al corral donde dormirán viendo las estrellas.

Nos acercamos a dar vuelta de la otra paridera para llevarles agua al resto de las madres, mardanos y corderos. Y nos vamos hacia el pueblo.


Cuidar los rebaños es toda una sabiduría ancestral. Las ovejas son los escultores de la comunidad vegetal de los páramos de la cordillera Ibérica. Son las responsables de unos ecosistemas esteparios únicos hoy valorados por ofrecer hábitat a especies singulares y por su indudable valor escénico. Los ganaderos, son los creadores de esta obra que llamamos paisaje cultural del Alto Alfambra y del que los chopos cabeceros son tan solo una parte. Una obra que, como en ocasiones ocurre con el arte, necesita tiempo y reflexión para ser bien comprendida.