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jueves, 29 de noviembre de 2018

EL ARROYO DE SANTA ÁGUEDA

Entre Jorcas y Miravete de la Sierra se levanta una serie de lomas y cabezos que separan los términos y, a la vez, las cuencas hidrográficas del Alfambra y del Guadalope y las comarcas de Comunidad de Teruel y del Maestrazgo.

En la vertiente del término de Jorcas casi todas las aguas se recogen en a través de dos barrancos, el de la Cueva del Vispe (por el norte) y el de las Cañadas (por el sur), que confluyen en el barranco de Santa Águeda, deudor del Alfambra por su margen derecha.

En los últimos años, éste curso de agua se mostraba seco durante la mayor parte del año, fuera de algún episodio tormentoso estival. Es cierto que su cuenca de recepción no es muy extensa y que el sustrato de naturaleza caliza facilita la infiltración del agua.

Estamos en un año húmedo, de los más lluviosos de la última década. Las precipitaciones se han repartido bien a lo largo de 2018 y, especialmente, en el otoño. El pasado 17 de octubre se produjo un episodio de gota fría sobre el Mediterráneo que afectó intensamente a la cuenca del Júcar y a la margen derecha de la del Ebro. En Jorcas estuvo lloviendo intensamente durante todo el día, recogiéndose cerca de 200 L/m2 . Tres días después, cuando ya se había pasado el efecto de la crecida, así de espléndido se mostraba aún el arroyo de Santa Águeda a su paso por el puente de la carretera.


o tras cruzar el mismo, donde se abre el cauce ...


y se conservan los prados frescos ...


Estos cursos de agua de caudal discontínuo que drenan la cabecera del Alfambra son ecosistemas dinámicos y, al tiempo, unos paisajes de gran belleza.

viernes, 2 de noviembre de 2018

GRANDES ESPACIOS. OCTUBRE 2018

Grandes Espacios es la revista de turismo activo de mayor difusión en España. La publica la emblemática Editorial Desnivel y tiene una periodicidad mensual.

El ejemplar de este mes octubre (nº 247) es un Especial Otoño 2018 que incluye diez excursiones a la estación del color. Es una selección de diez propuestas para disfrutar de diez preciosos espacios naturales y culturales de toda España durante esta época tan especial. 

Entre ellas se incluye una ruta por el Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra: el paseo entre Jorcas y Aguilar del Alfambra. Un precioso artículo de cuatro páginas elaborado por Eduardo Viñuales.


¡Te encantará!

jueves, 25 de octubre de 2018

LOS CELTÍBEROS EN EL ALTO ALFAMBRA

Cada mañana, el sol asoma pronto sobre la Muela de Jorcas.


Encaramado sobre la Pedriza y sobre el arroyo del Regajo, muy cerca del pueblo, se levanta este estrecho altiplano. 

Este enclave fue el asentamiento de una comunidad de pobladores, entre los siglos IV y III antes de Cristo. Las crestas rocosas del paraje y su posición elevada dentro del valle, favorecieron su defensa en unos tiempos turbulentos ...


Una comunidad humana que debió de ser muy importante en población, a juzgar por la extensión de la superficie edificada que, en varias fases, ocupó la totalidad del alargado altiplano. Fue, realmente, una ciudadela


Un paseo por la superficie de la Muela, a pesar de los efectos devastadores de la Guerra Civil y de los expoliadores que desde hace décadas la visitan, aún permite reconocer las líneas de los muros de piedra de las viviendas ...

 

y de otros edificios ...


observar restos cerámicos de una sociedad campesina ...


en la que también habría una aristocracia, a juzgar por el hallazgo de un tesoro, un conjunto de pendientes, pulseras y torques en plata y oro que se exhiben en el Museo de Teruel. 


Este yacimiento, no excavado a pesar de su importancia, corresponde a una sociedad en la frontera cultural entre los íberos (que se extendían más hacia el valle del Ebro) y los celtíberos (que lo hacían hacia la cordilllera Ibérica. 

Sobre esos tiempos, esas gentes, esas culturas nos hablará el próximo día 10 de noviembre el arqueólogo Miguel Ángel Herrero, a las 10 de la mañana en el salón de actos del Ayuntamiento de Jorcas


Al término de la conferencia, realizaremos una excursión al propio yacimiento ...


Y, al término, una comida de alforja en buena compañía.

El próximo día 10 .... ¡acércate a Jorcas!

miércoles, 10 de octubre de 2018

LOS ILUSTRES DISCRETOS: EL CIRUJANO MIGUEL JOSÉ MONZÓN, NATURAL DE JORCAS

Muy poco podemos conocer de la vida privada y familiar de Miguel Joseph Monzón y Farnel, hijo de Manuel Monzón Escuder y María Farnel Aparicio salvo que, por lo que señalan sus escasos datos biográficos, nació en Jorcas entre 1765 y 1770. A partir de ahí las fechas y lugares donde realiza su formación y obtiene sus títulos son algo contradictorias. Por un lado algunas investigaciones afirman que en 1790 se encontraba en Ferrol solicitando la probanza de su limpieza de sangre, otras señalan que en mayo de 1791 le fue expedido en Madrid el título de cirujano latinista

Pero antes de seguir adelante tratemos de aclarar en primer lugar cuáles eran las funciones del cirujano hasta el siglo XVIII: el tratamiento manual del cuerpo humano con técnicas y herramientas apropiadas para, como definió A. Paré, mejorar la salud eliminando lo superfluo, restaurando lo que se ha dislocado, separando lo que se ha unido, reuniendo lo que se ha dividido y reparando los defectos de la naturaleza. 

Caricatura de cirujanos y barberos del siglo XVIII. http://www.wikiwand.com/es/Cirug%C3%ADa
Y esas labores se encomendaban, bien a los cirujanos latinistas o de ropa larga en la época, bachilleres en Artes con tres años Latín, Lógica, Álgebra, Geometría y Física que habían adquirido posteriores conocimientos de Medicina estudiando en la Universidad las materias específicas a dicha profesión, especialmente Anatomía y Cirugía o a los llamados barberos, cirujanos romancistas o de ropa corta cuyos conocimientos no eran universitarios sino derivados únicamente del aprendizaje practicado durante cuatro años junto a otro con experiencia, romancista o latinista que actuaba de maestro. En consecuencia, la Cirugía se consideraba, más que una carrera, un oficio manual

Paradójicamente, el grado de cirujano universitario exigía mayor dificultad de estudios y estaba peor considerado social y económicamente, razón por la cual casi todos los estudiantes preferían ser “médicos” y valerse de los cirujanos romancistas como ayudantes. En consecuencia, el grado de precariedad quirúrgica en España era tan desastroso que, en los últimos años del reinado de Fernando VI, la monarquía se planteó la urgente necesidad de renovar los estudios de Cirugía en nuestro país, siempre en guerra con Inglaterra o Francia, para dotar a la Armada de profesionales creando en Cádiz el primer Colegio de Cirugía en 1748 al que seguirían el de Barcelona (1760) y finalmente Madrid el 13 de abril de 1780, que ofrecerá también sus servicios a la población civil. 

Imagen del Real Colegio de Cirugía de Cádiz. Siglo XIX. http://medicina.uca.es/
Para acceder a los estudios en cualquiera de los Reales Colegios, el alumno debía presentar una acreditación de limpieza de sangre -con todo lo que ello requería- y garantizar que su familia podía pagarle lo necesario sin que tuviera que trabajar durante sus cinco años de estudiante entre teoría y prácticas que realizaban en el Hospital General y la Casa de los Desamparados. Tras esos cinco años y un examen final ante el Protomedicato, obtenían el título de Cirujano latinista. 
Real Cédula para la creación del Real Colegio de Cirugía de Madrid, 1780 https://es.wikipedia.org/wiki/Colegio_de_cirug%C3%ADa
Llegados a este punto podemos preguntarnos si nuestro paisano jorquino estudió en Madrid y fue esa su trayectoria. Es probable y, si fue así, aproximadamente a los 22 años se trasladó a Ferrol donde fácilmente podía encontrar trabajo puesto que las continuas guerras, el control de los viajes ultramarinos y los avances científicos europeos favorecían la contratación de estos profesionales, absolutamente imprescindibles en cualquier barco pero especialmente en la Armada y ejército. 

Siglo XVIII: Cirujano particular


Siglo XVIII: Cirujanos del ejército y de la Armada española.

Quien se inclinaba por entrar en uno u otro Cuerpo tenía asegurados sueldo y empleo de por vida además de la incorporación al estamento militar, el paulatino ascenso en ambos campos, llevar uniforme militar de acuerdo a su grado, seguridad de jubilación y otras ventajas nada desdeñables para sus familiares. Sin embargo Miguel José, que prefirió continuar como civil, sin alistarse ni enrolarse en la Armada estuvo en el Hospital Militar o Naval ferrolano realizando prácticas de disección como cirujano latinista particular entre 1791 y 1796. 

Ferrol.- Grabado del antiguo Hospital Naval. Fachada principal (c. 1837) https://sites.google.com/site/ferrolantiguo2/hospitaldemarina

Así consta en los documentos de ese último año al ser contratado coyunturalmente por las autoridades navales para cubrir la plaza profesional en la “La Diligencia”, una corbeta de guerra que se estrenó con él a bordo, saliendo de Ferrol el 18 de octubre para llevar cinco pliegos desde la corte informando sobre el estado de la guerra con Gran Bretaña a los gobernadores de Puerto Rico, Panamá, Cuba, La Florida y Veracruz, donde atraca el 19 de diciembre. 



Corbeta española de 20 cañones (1796)
Al parecer Miguel José Monzón vuelve a España en ella pero pronto se embarca nuevamente, esta vez en la corbeta “La Ardilla”, como cirujano particular en clase de segundo, que llega a Veracruz en 1798 y, una vez allí, el ingeniero militar Diego García Panes, gobernador de la plaza, lo comisiona para inspeccionar el Hospital Militar de Belém dentro de la ciudad amurallada y al año siguiente, con idéntica misión, el también Hospital Militar Nuestra Señora del Carmen ubicado en el Estanco Bajo, donde trabajará entre octubre de 1799 y enero de 1800. 

Veracruz.-Baluarte de Santiago y ciudad amurallada. Litografía de Casimiro Castro (1846) https://efacico.wordpress.com/2014/04/23/san-fernando-el-falso-baluarte/

Esos viajes ultramarinos convierten a Monzón en uno de los denominados cirujanos del mar por los historiadores de la medicina españoles y sobre todo mexicanos, es decir uno de los profesionales que obligatoriamente debían formar parte del personal en todas las embarcaciones españolas para atender cualquier eventualidad relacionada con la salud de la tripulación y pasaje. 

A raíz de este segundo viaje nuestro paisano se quedó en América -en Veracruz para ser exactos- a las órdenes de las autoridades españolas, recorriendo el llamado Seno mexicano y Caribe en diferentes navíos de guerra que defendían las costas coloniales de las tropas inglesas. 

J. Oliván Rebolledo (1717) Mapa de las poblaciones de la costa del Seno mexicano. https://sites.google.com/site/tamaulipasysupatrimonio/

Carta Esférica de las Costas del Seno Mexicano, Golfo de Honduras, Islas de Cuba, Sto. Domingo, Jamaica y Lucayas (1808-1846) http://oldprintshop.com/product/133661?inventoryno=85504&itemno=1

En agosto de 1802 Miguel José Monzón llegó a Cuba a bordo de “La Minerva” y en La Habana conoció la vacuna contra la viruela

Mapa de Cuba y de La Habana. Alejandro de Humboldt (1820) https://norfipc.com/img/cuba/mapas/mapa-de-cuba-humboldt-1820.jpeg

Desde la antigüedad se habían experimentado en Oriente y Occidente diversos procedimientos de variolización para vencer una de las plagas más mortíferas y recurrentes a lo largo de la Historia, también en el siglo XVIII. 

Añadir leyenda
No obstante, en el último tercio del siglo XVIII las investigaciones de científicos como Morel, Plett, Pommier, Pew y Jenner dieron el resultado apetecido: la vacuna. Su llegada a España en 1800 salvó a dos de los hijos de Carlos IV, así que el rey apoyó su expansión e introducción por los territorios de la corona en 1801. 




El origen de la vacuna. https://www.biotechmagazine.es/reportajes-biotech/ El uso de la vacuna. Grabado de la Biblioteca Nacional de París. Foto: Institución Fernán González
Pues bien, con esos antecedentes, en marzo de 1804, el Ayuntamiento de Veracruz encargó a Miguel José Monzón recoger personalmente la vacuna -transportada en algunas botellitas de vidrio desde Puerto Rico hasta La Habana- para trasladarla de inmediato en la fragata “Anphitrite” al puerto veracruzano que la recibió el 10 de abril y distribuirla gratuitamente entre la población, enviándola a continuación, también con Miguel José Monzón, a Campeche el 28 de ése mismo mes. 

Poco después, él mismo junto a otros cinco jóvenes embarcaron el 2 de mayo a bordo del guardacostas “La Saeta” rumbo a Mérida para vacunarse con la técnica de brazo a brazo y hasta julio inocular el remedio a la población con la ayuda de cirujanos militares y particulares de la localidad, haciendo los pertinentes informes del trabajo. 

Informe del facultativo Cipriano Blanco sobre la actividad con la vacuna contra la viruela traída por el cirujano Miguel José Monzón, desde el 9 de mayo de 1804 hasta finales de 1813 en Campeche. Estado general de Cipriano Blanco (4 hojas) p. 1.

Cuando llegó a México la "Expedición Filantrópica" al mando del cirujano militar don Francisco Xavier Balmis, enviada desde España para recorrer las colonias vacunando, hubo de reconocer la anticipada y diligente labor de Monzón en muchos territorios. 

1803.-La goleta “María Pita” sale de Coruña hacia América con la Expedición Filantrópica a bordo. 
https://www.nobbot.com/personas/vacuna-de-la-viruela
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Al término de su actividad en Campeche y con la llegada de los miembros de la campaña de Balmis, Monzón regresó a Veracruz. Desde allí, en la Junta de Vacuna continuó el trabajo llevándola, entre noviembre de 1807 y 1809, a los pueblos de Tuxtla, Acayucan, Cosamaloapan y Tlacotalpan. Por todo ello el virrey Francisco Javier Venegas le nombró en 1810 cirujano del batallón de Santo Domingo, pero él prefirió seguir como cirujano de la Real Armada. 

Actual insignia del Cuerpo de Sanidad de la Armada española.
https://es.wikipedia.org/wiki/Cuerpo_de_Sanidad_de_la_Armada

Probablemente en esos años Miguel José Monzón entró en contacto con la masonería y adoptó su filosofía llegando a ser uno de sus miembros más destacados puesto que el 28 de abril de 1816, la Gran Logia del Estado de Louisiana autorizó la creación y el establecimiento en Veracruz de la logia Los Amigos Reunidos nº. 8 del rito de York -fundada uno o dos años antes- expidiéndole el nombramiento de Respetable Maestro


El mazo del Respetable Maestroñadir leyenda
Admisión de un profano en la masonería a principios del siglo XIX https://www2.uned.es/dptohdi/museovirtualhistoriamasoneria/

Eran tiempos social y políticamente revueltos tanto en España como en las tierras ultramarinas. Habían empezado los movimientos insurgentes que conseguirían finalmente la independencia de casi todos los territorios del Imperio colonial hispano y su fraccionamiento en las actuales naciones centro y sudamericanas pero, cumpliendo las prescripciones de su doctrina, como fundador y Respetable Maestro, Monzón podía dedicarse a su profesión quirúrgica en los territorios de su Logia, circunvecinas y Louisiana, pero no a la política. Eso explicaría que no participara abiertamente en favor del movimiento independentista como sí lo hizo su hijo, Pedro Miguel Monzón, teniente coronel y también masón, quien tuvo una importante actividad en la guerra por la Independencia mexicana

En 1819, habiéndole destinado como cirujano en la goleta de guerra “La Guía Guardacosta” y concedido los honores de primer profesor honorario médico-cirujano de la Real Armada, escribe un método para la observación y clasificación de las epidemias así como “La Farmacia en la Fiebre Amarilla de Veracruz” cuyo manuscrito se guarda en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz. 

  

Medalla de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz. Siglo XIX. Anverso y reverso. Ejemplar isabelino en plata. 

En la segunda mitad de 1820 vuelve a Ferrol pero pronto retornó a Veracruz donde siguió ejerciendo su profesión médica hasta el final de la guerra mexicana que terminaría en 1825 tras rendirse el fuerte de San Juan de Ullúa. 

Apenas dos años más tarde, Guadalupe Victoria, primer presidente constitucional de México, promulgó la Ley para expulsar a los españoles. A pesar de su trayectoria y de la vinculación independentista de su hijo, Miguel José Monzón figuró en las listas de expulsados en 1827 y 1829 aunque pudo evitarlo acogiéndose a las excepciones de su avanzada edad y delicada salud que las propias Leyes prevenían. Por eso creemos que murió en Veracruz después de 1830. Quizá allí continúen viviendo sus descendientes. 

Juan O ‘Gorman Retablo de la Independencia (1960-1961) Pintura mural. Castillo de Chapultepec (México D.F.)
Lucía Pérez 
Jorcas

jueves, 27 de septiembre de 2018

LA ARBOLEDA SINGULAR, EN LA MAGIA DE VIAJAR POR ARAGÓN

La Magia de Viajar por Aragón es una publicación bimestral editada por PRAMES que difunde los recursos turísticos aragoneses poniendo especial interés en aquellos que resultan más innovadores.

El número 109 (septiembre-octubre) dedica un buen reportaje a los paisajes del chopo cabecero


El primero de los artículos propone un paseo por la Arboleda Singular Ribera de Chopo Cabecero entre las localidades de Jorcas y Aguilar del Alfambra, dentro del Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra.

El segundo está dedicado a la Fiesta del Chopo Cabecero y, en concreto, a la celebración de la décima edición el próximo 27 de octubre en la localidad de Torrijo del Campo (Jiloca).




Cierra el poema "Algunas veces" de Diago Colás que aquí fue publicado el pasado mes de marzo.

Poco a poco, cada vez son más las personas que disfrutan de estos viejos árboles, los arroyos turolenses y la belleza del otoño en estas comarcas. La Magia de Viajar por Aragón siempre sugiere con sus propuestas.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

LOS ILUSTRES DISCRETOS: FRANCISCO MOYA

Es hora de desempolvar nombres y conocer a tantos ilustres turolenses demasiado discretos casi desconocidos en sus propios pueblos. Y uno de esos “ilustres demasiado discretos” fue Francisco Moya a quien en el siglo XX, el profesor Santiago Sebastián, otro ilustre turolense y catedrático de arte, nos descubrió dedicándole parte de sus investigaciones. 

El escultor Francisco Moya era de Jorcas aunque no sé si algún día sabremos el año exacto de su nacimiento en la primera década del siglo XVIII ni quiénes fueron su familia ni cuál fue su casa. Contaban los ancianos de Jorcas en el pasado siglo XX, que los abuelos de sus padres les habían contado siendo niños la historia de un imaginero famoso del pueblo que vivía frente a la ermita de San José porque sus antecesores habían costeado su construcción… Y decían los mismos ancianos que a esa casa volvió a terminar sus días el escultor y sólo salía por la mañana sin dejarse ver ni que viera nadie lo que hacía en la ermita, trabajando hasta la puesta de sol. 

Jorcas.- Ermita de San José. Foto: L. P. (1978) 

Ermita de San José. Arranque de la bóveda. Obra de Francisco Moya (p. 1755) (1976) 
Después de varios meses, decían, vino un amigo suyo pintor y continuó el misterio hasta que una noche, silenciosamente se marcharon los dos dejando las llaves de la ermita en la puerta para que los vecinos pudieran descubrir su interior: en los medallones de los lunetos había pinturas y cabezas angélicas prologando la visión del altar de madera labrado con escenas religiosas, sosteniendo el sencillo pero conmovedor retablito que representaba muerto al santo de la buena muerte y a sus dos seres más queridos y cercanos. 

El retablo sí lo hizo Francisco Moya pero las circunstancias reales de su ejecución quedan confusas de momento, desdibujadas como toda su trayectoria personal, entre las boiras y arabogas de preguntas sugeridas en la hermosa leyenda que sucesivas generaciones fueron creando sobre ligeros atisbos de verdad. 

Jorcas (Teruel).- Antiguo altar y retablo de San José (1934) Obra de Francisco Moya. Archivo particular extraída del libro Palabras de parte de Jorcas p. 347 (2006)
Tampoco está claro con quién ni dónde aprendió el oficio de escultor. Es posible que siendo casi un niño sus padres lo llevaran a Valencia o a Monreal del Campo junto al maestro Antonio Corbinos. En cualquier caso allí debió pasar al menos entre siete y diez años hasta superar el examen que lo acreditara como maestro, es decir, apto para aceptar encargos. Pero en cuanto consiguió titularse, desarrolló con éxito toda su carrera en nuestra provincia y, como enseguida veremos, no le faltó trabajo. 

Un reciente artículo de José Mª Carreras sobre la iglesia de Fortanete, lo cita en 1726 como uno de los maestros de escultura que trabajaba en ella sin especificar en qué obra y, según el profesor José Luís Morales, Francisco Moya estaba en Teruel hacia 1732 ejecutando el retablo de la Inmaculada de la iglesia de San Pedro. Justamente ese año tomó posesión del obispado turolense D. Francisco Pérez de Prado, quien desde el primer momento tuvo en muy alta estima el trabajo de Francisco Moya, considerándolo en adelante su escultor preferido. 

La protección de tan influyente eclesiástico hizo que desde entonces, a nuestro paisano no solo le llovieran los encargos del prelado sino también las recomendaciones para hacer los retablos de varias iglesias en la provincia, llegando a catalogarlo como “el escultor de retablos” y casi podríamos añadir “especialmente de la Inmaculada” porque en 1735, nada más terminar el retablo de San Pedro, empezó a trabajar en los del altar mayor de la Inmaculada y el de la Virgen del Rosario en Alba del Campo e incluso a colaborar en el del Santo Cristo de ésa misma localidad finalizados en 1738. 

Teruel.- Iglesia de San Pedro, retablo de la Inmaculada Concepción. Francisco Moya (1732-1735) Foto: Rafael Gómez. 

Alba del Campo (Teruel).- Iglesia parroquial: Retablo del altar mayor. Foto: Fernando Simón. http://alba-del-campo.blogspot.com/p/blog-page_8477.html

Alba del Campo (Teruel).- Iglesia parroquial: retablo de la Virgen del Rosario. Foto: Fernando Simón. http://alba-del-campo.blogspot.com/p/blog-page_8477.html
Inmediatamente después recibió el encargo del Sr. obispo para esculpir entre 1738 y 1740 una de sus obras más celebradas: el altar de la Inmaculada de la Catedral - al que añadiría el escudo obispal al año siguiente- que pintará y dorará Francisco Villarroya y asimismo en 1739, también para la Seo turolense, el de cincelar el nuevo sagrario sin dorar del altar mayor que sustituyó al original -ya muy deteriorado- y puede verse inserto en el retablo respetando el tono natural del conjunto. 

Hasta 1743 está ocupado en ésos y otros trabajos menores catedralicios aunque, según comentan J. Monzón y A, Gimeno, poco antes de 1745 Francisco Moya había tallado la hermosa imagen de la Inmaculada Concepción para la colegiata de Mora de Rubielos.

Catedral de Teruel. Obra de Francisco: Retablo de la Inmaculada
Catedral de Teruel. Obras de Francisco Moya: Sagrario en el centro inferior del retablo
Ahora bien, si los numerosos encargos le obligaban a residir en la ciudad, algunos datos significativos documentados por A. Gimeno, demuestran que a lo largo de su vida el escultor estuvo constantemente vinculado a Jorcas: el 2 de noviembre de 1745 fue nombrado Regidor Mayor –alcalde- del Concejo jorquino y cuatro años después, al inscribirse con su mujer, Francisca Gómez, en la parroquia turolense de San Miguel, lo hacen como habitantes de Jorcas. 

El mismo año de 1745, monseñor Pérez de Prado decide culminar las obras en el colegio de los jesuitas -al que desde 1743 había devuelto su antiguo esplendor- encargando a José Martín de la Aldehuela la construcción de la iglesia. Esa fue la última obra que el prelado atendió personalmente en Teruel antes de su traslado a Madrid para responsabilizarse de más altos menesteres. Pero aun desde allí continuó siendo el obispo de Teruel hasta su muerte y siguió vigilante aumentando el patrimonio eclesiástico de la ciudad y diócesis. Nombrado Inquisidor general, Pérez Prado aportó de su propio bolsillo sustanciosas cantidades e intervino en la mejora y renovación de las iglesias turolenses de San Andrés, San Pedro y San Miguel sin descuidar la de la Compañía para cuyo altar mayor había previsto un retablo dedicado a la Dolorosa, naturalmente firmado por Francisco Moya. 

Pero hasta acometerlo, nuestro paisano estuvo ocupado en 1747 con el altar mayor de la hoy desaparecida iglesia de San Juan –ahora en la iglesia turolense de San Andrés- y terminarlo al año siguiente. 

Teruel: Antigua iglesia de San Juan Bautista hacia 1930 donde hoy está la Subdelegación de Gobierno. Foto: http://turoliense.blogspot.com.es/search/label/Teruel. 

Teruel. Altar mayor de la iglesia de San Juan, obra de Francisco Moya en su ubicación original hacia 1932. Foto: G. Weise. 

A partir de 1748 Moya empezó el retablo de la iglesia de la Compañía considerado por algunos investigadores su gran obra de madurez profesional que al parecer entregó hacia 1752 y desgraciadamente fue destruido en la guerra civil. El trabajo debió simultanearlo con la ejecución de otros altares -esta vez para el templo de San Miguel- al Santo Cristo, Santa Bárbara y el altar mayor, costeado por monseñor y dedicado al arcángel e inevitablemente a la Inmaculada, además del que parece haber hecho para la iglesia del Salvador. 

Todos esos trabajos que ocuparon al artista hasta 1755. Sin duda se había convertido en el escultor más prolífico y solicitado del alto clero turolense. 

Teruel.- Antiguo retablo del altar mayor dedicado a la Dolorosa en el colegio de los jesuitas (hoy Seminario) hacia 1930. Obra de Francisco Moya. Foto cedida por D. Santiago Sebastián.
Entretanto, teniendo en cuenta su exitosa trayectoria y quizá a instancias de monseñor Pérez de Prado, ya en Madrid algunos años bien relacionado con el escultor Felipe Castro, decidió pedir la entrada en la recién fundada (1752) -pero todavía no consolidada- Academia Real de Bellas Artes de San Fernando como académico de mérito y con tal propósito, envió a la Villa y Corte en 1753 un relieve sobre La degollación de los inocentes que no obtuvo el ansiado placet, entre otras razones porque los objetivos de quienes en ése momento dominaban la constitución y organización de la Academia, buscaban un enfoque nobiliario, lejos del puramente artístico propuesto en los iniciales estatutos redactados por Felipe Castro en 1751. 

Sin duda el contratiempo debió herir profundamente su dignidad de artista ajeno a los manejos e insidias cortesanas y el imaginario colectivo de Jorcas creó la particular y sorprendente versión de esos hechos relacionándolos con el proceso de ejecución del retablo de San José que me relataron hace años algunos ancianos informantes: Se ve que aquél hombre [Francisco Moya] hizo algo gordo en Madrid y cayó en desgracia ante el rey [Fernando VI] que lo condenó a muerte. Pero gracias al obispo de Teruel que tenía mucha mano en palacio, le perdonó la vida y lo mandó aquí para siempre a que viviera como un preso en su casa sin hablar con nadie. Así que mientras estuvo aquí hizo el altar de San José que era una joya ¡ni el de la Virgen de la Vega era tan majo! Luego se escapó de aquí con otro hombre que también era artista y puede que no volviera más por Jorcas…o sí, eso no lo sabemos

En 1755 murió en Madrid el obispo Francisco Pérez de Prado, su principal valedor y generoso cliente y es posible que con su desaparición, amén de otras circunstancias económicas y sociales, disminuyera el volumen e importancia de contratos para el artista. Como al principio hemos comentado, tanto el retablo de San José como el del altar mayor de la iglesia y el de Cantavieja son obras de Francisco Moya posteriores al fallecimiento del prelado. 

¿Fue entonces cuando el escultor volvió Jorcas varios meses para ejecutar in situ el retablito de San José, recluyéndose en la ermita mientras trabajaba para mantener en secreto la composición hasta su total culminación? Si fue así, parece poco probable sin embargo que el día de su bendición no estuviera presente, porque de tales actos surgían nuevos contratos a los talleres escultóricos, como seguramente ocurrió en este caso con los altares mayores de las iglesias en Jorcas y Cantavieja cuyos retablos debieron ejecutarse al mismo tiempo en el taller de Teruel. 

Jorcas.- Altar mayor donde se encontraba el retablo de la Asunción de Francisco Moya (1756?-1765) Estado desde 1940. Foto L. P. (1982)

Cantavieja.- Retablo del altar mayor de la iglesia de la Asunción. Francisco Moya (1756?-1764?) Foto: Luis Eixarch 
Según testimonios de mujeres mayores recogidos en Jorcas en 1978, como eran dos altares a la misma Virgen [la Asunción] resulta que se equivocó en las medidas y el que hizo para aquí era demasiado grande y no cabía. Así que aquél lo mandó a Cantavieja y entonces hizo el de Jorcas algo más tarde. Era todo de madera laboreada dorado y pintado, con columnas retorcidas que llevaban hojas de parra y racimos de uvas. Arriba del todo estaba igual que ahora un crucifijo grande como un hombre de verdad, blanco, blanco y debajo la Virgen subida por los ángeles. 

Por encima de la Virgen había un gancho gordo pero de forja muy majo que se extendía y se encogía con una manivela y, el día de Corpus, lo extendía el sacerdote y se estiraba hasta cerca del púlpito y se descolgaba una bola como del mundo, que se abría al alzar a Dios como una flor o una mangrana y se levantaba una custodia pequeñica dentro. En el hueco de la derecha del altar había un San Miguel precioso y al otro lado un San José con el Niño Jesús de la mano ya grandecico. Las imágenes de ahora son las mismas pero aquellas eran más majas y más grandes y muchos angelicos por medio de las columnas… 

La última noticia que tenemos hasta el momento de Francisco Moya es la certificación de haber terminado antes de 1766 el altar mayor en la iglesia de San Miguel y su actividad en la ciudad. Así pues de 1757 en adelante, los encargos parecen limitarse a trabajos en algunos pueblos cuando el escultor debía rondar los 60 años de edad. Quizá el mencionado altar para Cantavieja (176?) y sobre todo el retablo mayor de la iglesia de Jorcas, que con certeza se colocó en 1765 al terminarse también las pinturas dieciochescas del templo, fueran las últimas obras del escultor. 

A partir de esa fecha, las figuras de Francisco Moya y su familia vuelven otra vez a difuminarse en el tiempo, al menos de momento. Desconocemos las circunstancias, año y lugar de su fallecimiento y la descendencia que el matrimonio Moya Gómez pudo tener. Probablemente sus sucesores, caso de haberlos, no se dedicaron a la escultura pero hay muchas preguntas por aclarar y quedan muchos documentos en los archivos diocesanos de Teruel y Zaragoza sin leer. Tal vez ahí estén aguardando las respuestas a todas sus incógnitas. 

Lamentablemente en Jorcas, el pueblo que lo vio nacer, el único testimonio gráfico que tenemos de su obra es la deteriorada fotografía del altar de la ermita que una mujer escondió doblada en su pecho a mediados de octubre de 1936. Tanto el retablo de San José como el del altar mayor de la iglesia fueron destruidos, junto al resto de los objetos, altares y archivos, entre octubre y noviembre de 1936.

Lucía Pérez
Jorcas