domingo, 15 de julio de 2018

LA GESTIÓN DEL PATRIMONIO Y EL TURISMO CULTURAL

El Parque Cultural del Río Martín, en el marco de la XXXIV edición de Universidad de Verano de Teruel, oferta el curso "La gestión del patrimonio y el turismo cultural" durante los próximo días 26-28 de julio (20 horas) en la localidad de Albalate del Arzobispo (Bajo Martín).

Objetivos

- Conocer los Parques Culturales Aragoneses como ejemplo de gestión del patrimonio en Aragón y desarrollo sostenible. La legislación al respecto.
- Conocer el Patrimonio Cultural y Natural en el Parque Cultural del Río Martín. La gestión. Recientes descubrimientos, estudios, protección y puesta en valor. 
- Aprender los mecanismos de gestión del Patrimonio Cultural mediante ejemplos de actuaciones concretas en el Parque Cultural del Río Martín.
- Los Senderos Turísticos de Aragón. Normativa: Regulación, Clasificación, Registro, Manual
- Conocer la legislación en temas de Patrimonio Cultural.
- Valorar el Patrimonio Cultural y Natural como motor de desarrollo sostenido en el medio rural.


Programa

Día 26 de julio, jueves

Mañana

8:45-9:00h Recepción de Participantes y entrega de documentación paralela a la Inauguración del curso:
9:00-11:00h Los Parques Culturales aragoneses. La gestión y protección del patrimonio en el Parque Cultural del Río Martín. D. José Royo Lasarte.
11:00-11:30h Descanso
11:30-12:30h Ordenación de los senderos turísticos en Aragón. Normativa, Regulación, Clasificación, Registro, Manual. D. Javier Rincón Gimeno 
12:30-13:30h Actuaciones del Gobierno de Aragón en materia de senderos turísticos. Dña. Encarnación Estremera Gutiérrez.

Tarde

16:00-17:00h La Caza fotográfica: fauna y turismo. D. Jonhatan Díaz Marbá.
17:00-18:00h El paisaje del chopo cabecero, entre el ecosistema agrario y el patrimonio. Un caso de recurso ambiental que está en el origen del Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra (Teruel). D. Chabier de Jaime Lorén.
18:00-18:15 h Descanso
18:15-20:15h El castillo-palacio arzobispal. Plan Director. (Incluye la visita guiada al Castillo). Dña. Marta Clavería Esponera.


Día 27 de julio, viernes

Mañana

9:00-10:00h Los vestigios de la Guerra Civil en la Comarca de Cuencas Mineras. Recuperación y puesta en valor. D. José María Merino Abad
10:00-11:00h Construcciones defensivas en el Parque Cultural del Río Martín. Consolidación y recuperación de cara a su aprovechamiento turístico-cultural. D. Javier Borobio Sanchiz.
11:00-11:30h Descanso
11:30-13:30h El patrimonio geológico y Paleontológico del Parque Cultural del río Martín como recurso turístico-cultural. D. Marcos Aurell Cardona.,

Tarde

16:00-18:00h Las Minas de Teruel. Vestigios de un pasado. La espeleominería como recurso turístico en su doble faceta deportivo-cultural. D. Juan Carlos Gordillo Azuara. 
18:00-18:15h Descanso 
18:15-20:15h Patrimonio Industrial Minero. Aprovechamiento de los recursos industriales inactivos como reclamo turístico. D. Juan P. Cañizares Parrilla.

Día 28 de julio, sábado

Mañana

Visita guiada al Parque Cultural:

1. Centro de Arte Rupestre “A.Beltrán” en Ariño. Estudio, documentación, conservación y puesta en valor del Arte Rupestre.

2. Sendero Turístico de los Torreones Medievales en Alcaine. (Patrimonio medieval y geológico). D. José Royo Lasarte.
 Ponentes: 
D. José Royo Lasarte. Director del curso.
D. Juan Carlos Gordillo Azuara. Centro de Estudios Espeleológicos Turolenses.
D. Juan P. Cañizares Parrilla. Ingeniero Técnico de Minas y Técnico superior en Prevención 
de Riesgos Laborales. Gerente del Museo Minero de Escucha.
D. Jonhatan Díaz Marbá. Graduado en fotografía por la UPC (Universidad Politécnica de Cataluña). Naturalista. Premio Internacional de Fotografía “Golden turtle” (Rusia) y Premio “Environment and me” de la Agencia Europea del Medio Ambiente
D. Chabier de Jaime Lorén. Director-Gerente del Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra.
Dña. Marta Clavería Esponera. Arquitecta. Servicio de urbanismo de la Comarca del Bajo Martín
D. José María Merino. Presidente. Comarca Cuencas Mineras.
D. Javier Borobio Sanchiz. Doctor en Historia del Arte. Arquitecto en "Borobio Arquitectura y Urbanismo".
D. Marcos Aurell Cardona. Catedrático de Geología. Universidad de Zaragoza.
Dña. Encarnación Estremera Gutiérrez. Jefa del Servicio de Ordenación Turística. Gobierno de Aragón.
D. Javier Rincón Gimeno. Jefe de Servicio de Gestión de Infraestructuras Turísticas. Gobierno de Aragón.

Alojamiento

Se facilitará alojamiento gratuito al alumnado en el Albergue Municipal/Parque Cultural de Albalate del Arzobispo C/ Palomar s/n (junto a escuelas municipales) en habitaciones con baño en litera. Plazas limitadas.

El alojamiento se reservará remitiendo copia de la inscripción y del ingreso de la matrícula. Se podrá hacer: Vía Fax nº 978 076607 (en horario de oficina) o escaneado de los documentos y envío por correo electrónico a admon@parqueriomartin.com El orden de preferencia será el orden de llegada de la formalización de la matrícula, entendiendo por esta la llegada del fax o archivo por correo electrónico.

Para información sobre el alojamiento y desplazamiento 978 817042. 

Más información en www.parqueriomartin.com.

jueves, 12 de julio de 2018

LEÑA, ARQUITECTURA Y SANGRE. HISTORIA DEL CALOR DOMÉSTICO EN EL ALTO ALFAMBRA

En las antiguas casas de labradores procurarse combustible para caldearlas y atender a sus labores era una necesidad básica. En la era preindustrial la generación de calor en las frías sierras turolenses se lograba sobre todo consumiendo madera. El problema que se planteaba es que la producción de combustible competía con la agrícola y ganadera. La resolución a esta disyuntiva entre los siglos XIII y XIX no fue constante, pero tuvo un norte. El Alto Alfambra nos sirve de ejemplo para ilustrarlo.

La presencia de topónimos en la sierra del Pobo como Enebral, Bojares, Buj, el Bojar y el propio de Ababuj como lugar de bojes, apuntan a que en la fase de la conquista aragonesa y la subsiguiente repoblación parte de sus montes estarían cubiertos por este tipo de especies de bajo porte. 


En Gúdar abundaban unos pinares que también había en Miravete de la Sierra. Así, donde en la actualidad hay aliagares, en la documentación histórica se localizan partidas como “Carrapinar” y “barranco del Pinar”. En 1674, en el libro de matrículas de la Universidad de Zaragoza, se le cita como “Mirabete de los Pinares”. Sobre masas forestales como estas se inició y se moduló una secular presión a cargo de las comunidades locales en función de sus amplias competencias de gestión (concejos, Comunidad de aldeas de Teruel), del contexto (más o menos población) y de los incentivos (más demanda de bienes ganaderos o agrícolas). 


La obtención de madera era una de las piezas del puzzle productivo que había que encajar en el territorio con las de pastos y cultivos. Para crearlos y ampliarlos se recurrió al fuego. Así lo sugieren topónimos en el entorno de Orrios y Escorihuela como “cerro Quemado” o “Quemadal”, citados en la sentencia arbitral de 1558 entre la Comunidad de aldeas de Teruel y la Encomienda de Alfambra. Sin embargo, resultaron más decisivas las especializaciones binarias del suelo en función de sus aptitudes: agrícola-ganadera (barbechos, rastrojeras, ricios, etc.) y ganadera-forestal, que en las riberas inundables de ríos y barrancos contribuyó a la formación del emblemático paisaje del chopo cabecero.

La especialización en todo tipo de pastos en los que se daban aprovechamientos forestales fue la predominante por su extensión e incluía lejanos o enriscados fragmentos de los antiguos bosques a modo de reserva. El territorio estaba minuciosamente trabajado y el único que se destinaba a producir madera era como complemento del pasto o aquel que no era apto para otra cosa: zonas serranas abruptas en las lindes productivas de los términos y áreas inundables.


En estos espacios los vecinos de las aldeas “aleñaban”, lo que se concretaba en que cada casa tenía derecho a una determinada cantidad anual de leña de los montes del pueblo, o de lugares vecinos a los que pudieran acceder. Las familias se procuraban madera de especies como, por ejemplo, aliagas, bardas (matorrales silvestres), espinos y carrascas, como describe el Convenio de 1625 entre Jorcas y Miravete. Las ordenanzas de la Comunidad de aldeas de Teruel citan en sus sucesivas ediciones entre 1598 y 1725 pinos, carrascas, rebollos, sabinas, enebros y albares. También se aprovechaban erizos, como refleja la versión de 1776 del Dance de Aguilar: “Qué más quiero ir por Erizos, / allá a la Solana del Calvo, / a las Clapizas de Jorcas, / la Oya, y al Cerro Zinajo, que esto me trae buena cuenta / y se ganan guenos ochavos”. Fragmento este que, a su vez, muestra cómo la leña no era solo una cuestión de autoconsumo, sino que también podía servir para redondear los ingresos de una familia.

Una imagen de cómo era este trabajo de aleñar nos lo ofrece una concordia entre Miravete y Aguilar de 1569: “padres e hijos o asno y mozo que sean de una misma casa de dicho lugar de Aguilar puedan entrar a hacer leña verde y seca” de “cualesquiere género” tanto de “día y de noche en cualquiera tiempo” y “llevar dicha leña con sus acémilas y pasturar entre tanto hacen su leña”. Esta estampa es la que en 1742 transmitiría implícitamente el vecino de Aguilar Joseph Martín en una declaración testifical cuando afirmaba conocer el entorno de las partidas del Collado y la Canaleta al haber recogido leña en las mismas en numerosas ocasiones. Así pues, el aleñamiento de los montes por parte de los vecinos proveía de las fuentes de combustible más habituales mediante la corta de matorrales, de la recolecta de la madera muerta y de la poda de la viva de los árboles de las áreas de pastos y de los bosques de reserva. Fruto de esta actividad se derivan imágenes como la que reflejó un inventario de 1778 en una casa de Aguilar, donde uno de los primeros bienes que se inscribe es una carga de leña de pino en el patio de entrada.


En las dehesas fluviales de cabeceros los chopos también se podaban para obtener leña y vigas, y constituyeron otra importante fuente de madera para los hogares. Las ordenanzas de la Comunidad de aldeas de Teruel reflejan la práctica de la poda o escamonda de los árboles de ribera (“salzes, olmos, chopos y álamos”), o “infructuosos”, como los denomina, desde 1624, aunque reflejan una práctica mucho más antigua. Así, la normativa consideraba a uno de estos ejemplares como grande si se podía subir y tener un hombre. Esta imagen proyecta la peculiar morfología de los cabeceros, consistente en un tronco bajo y grueso coronado por una gran protuberancia callosa a la que hay que subirse para cortar la cosecha de largas ramas que brota en ella.

A mediados del siglo XVIII un vecino de Aguilar, como tantos otros, “podaba” sus árboles ribereños del Alfambra en la partida de la “Begatilla” y “se utilizaba de la leña en su casa”, mientras que otro de Camarillas, en su soto del azud de la Abeja, mandaba “cortar leñas y plantar diferentes árboles”. El patrimonio de las casas, al igual que constaba de bancales, huertos, cerradas de hierba y rebaños, incluía árboles con los que producir combustible. 


Además de podar todo tipo de árboles, cortar arbustos y recolectar madera muerta del suelo, también se talaban pies enteros, aunque esta era una modalidad mucho menos frecuente en el Alto Alfambra, y cuando se realizaba, consistiría más bien en la eliminación de árboles viejos cercanos a la muerte o en entresacas para permitir el nacimiento de nuevos ejemplares.

La tala de montes enteros, los denominados “tajadales”, era una práctica más propia de zonas más húmedas como la sierra de Gúdar, cuya madera se aprovechaba para consumir directamente o hacer carbón vegetal. Desde 1684 la Comunidad de aldeas ordenaba que un bosque talado debía cerrarse al ganado durante cinco años para que los árboles pudieran rechitar o rebrotar.


Al igual que había años de malas cosechas o en los que los rendimientos de los pastos eran más pobres, no siempre las fuentes de provisión de leña eran suficientes. Las carencias de combustible daban lugar a transgresiones de las reglamentaciones forestales y a conflictos entre pueblos y jurisdicciones vecinas. Existen ejemplos desde antiguo. En 1297 se llegaba a un acuerdo años después de que el comendador de la bailía de Aliaga se quejara en Aguilar a las autoridades turolenses de que “algunos malos ommes” de las aldeas de Teruel “peyndraban et ropavan injustament” en sus montes. En 1459 el concejo de las Cuevas del Rocín (la actual Cobatillas) arrendó todos sus montes y herbajes a Andrés Martín de Mezquita con la condición de que fuera su guarda para evitar que fueran talados. En 1477 el concejo de Camarillas relataba a los procuradores de la Comunidad de aldeas el conflicto que tenía por el arriendo de los herbajes y leños del “condado de Aliaga”. 


Este tipo de diferencias se solucionaban mediante el mancomunamiento de aprovechamientos, además de una regulación de la explotación forestal que básicamente perduró hasta muy entrado el siglo XIX. Estos convenios profundizaban en la especialización de producciones del suelo. En este sentido, la mencionada Concordia de 1569 entre Miravete y Aguilar después de que “haya habido entre dichas vecindades pleitos y largos gastos” es un ejemplo que iba más allá de lo habitual. Los primeros autorizaron a los aguilaranos a aleñar una parte de sus montes a cambio de que ellos les permitieran acceder a sus pastos comunales. Intercambio de especializaciones. Por otra parte, la profundización en la especialización de los suelos es la que consolidaría a las riberas guarnecidas con sargas y chopos cabeceros como una de las fuentes más reseñables de madera.

La leña que se obtenía por todos los medios descritos se consumía en las chimeneas de las cocinas, el lugar en el que las familias cocinaban, comían, se reunían, charraban, cantaban, jugaban... Bajo la realda del hogar el fuego caldeaba la estancia y el calivo o ascuas se aprovechaba en braseros fijos o portátiles con los que se calentaban las sábanas antes de acostarse. No fue hasta fechas posteriores en que se introdujeron las estufas o salamandras, sistemas de calefacción más eficientes, dado que las chimeneas pierden gran parte del calor por el tiro. Entonces, ¿cómo se lograba calentar una casa? Es aquí donde la arquitectura y la sangre, como también se llamaba al ganado, asistían al combustible.


El primer factor que favorecía el caldeamiento era la localización y la orientación de los pueblos, con las fachadas principales de las viviendas casi siempre mirando hacia al sur y, a ser posible, en laderas, protegidos del cierzo del norte al reser de cerros, cabezos, muelas, cingleras, etc. Las edificaciones en pendiente ofrecían la ventaja de reducir la fachada norte, la más fría, y aprovechar el efecto aislante del suelo.

Aunque las casas experimentaron grandes cambios a lo largo de los siglos, hubo elementos constantes, como la integración de la actividad productiva de la familia en el “diseño energético” de la vivienda y el uso de unos materiales constructivos capaces de mantener prolongadamente la temperatura: muros dobles de piedra con hueco relleno de tierra, tabiquería de aljez (yeso) y las cubiertas de madera y teja, que desplazó a las vegetales. A su vez, los vanos para las ventanas eran pocos, pequeños y con unos cerramientos de madera que permitían abrirlos totalmente o solo en parte; hay que tener en cuenta que el vidrio no fue de uso común hasta tiempos relativamente recientes. De este modo, si bien se creaban unas buenas condiciones para retener el calor, era a costa de la iluminación y de la ventilación.



En los siglos medievales las casas se construían en solares no especialmente grandes, con una escasísima compartimentación interna y lo más habitual es que tuvieran una única planta en la que dormían juntas las personas, se guardaban los animales y se encontraba la cocina. Al estar en espacios contiguos el diseño contribuía a preservar el calor. A su vez, el almacenamiento del grano, paja y hierbas bajo el tejado o en otros cuartos servía de aislante. 


A partir de los siglos XV y XVI los solares de las viviendas empezaron a ser más grandes y fue progresando la edificación de casas compartimentadas en dormitorios (de la mano de prevenciones de orden moral y de la extensión de conceptos de intimidad), con varios forjados y mayor altura, lo que supuso un reto “energético”. 


La cocina, con su fuego a tierra y en la planta baja, mantuvo la centralidad. Los dormitorios se distribuían entre la planta baja y la primera, y se subdividían en pequeñas alcobas buscando el interior de las casas. Se alejaban de las fachadas más expuestas o se disponían sobre la cocina (caldeada con su fuego) y la cuadra (“la gloria”, con el calor de los animales). Por otra parte, el techo de las alcobas podía rebajarse respecto del forjado con un falso techo de cañizo y aljez para facilitar su caldeamiento, a la vez que los graneros y trojes de hierbas siguieron teniendo una función aislante al ubicarse en la falsa (bajo la cubierta y sobre las habitaciones) o tras las fachadas más frías. 


Todas estas soluciones hicieron habitables las viejas casas de labranza desde un punto de vista térmico, por lo que, en definitiva, el calor doméstico dependía del fuego y su leña, de los animales y de la arquitectura, aunque de forma más literaria podríamos afirmar que esta historia energética era, simplemente, la de un territorio y unas casas vividas.

Ivo Aragón Ínigo (texto) y Chusé Lois Paricio (fotos)
Aguilar del Alfambra

Este artículo es una versión ampliada del publicado en el Diario de Teruel de la serie “Modelos energéticos para Teruel” realizado por el Colectivo Sollavientos

domingo, 8 de julio de 2018

POR EL ALTO ALFAMBRA

La cita comenzaba allá donde colindan las comarcas del Maestrazgo, Gudar-Javalambre y Comunidad de Teruel. Esto ya de por sí es un gran aliciente, nombres de mucho peso para todos los amantes de los paisajes montañeses con grandes dosis de autenticidad. Pero la cosa mejora y gana enteros cuando sabemos que nuestro guía sería el responsable de poner en marcha el Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra. 

Con él tuve la suerte de toparme allá por febrero de este mismo año, cuando la gestión del parque por un lado, y la búsqueda de nuevas e interesantes rutas por otro nos llevaron al mismo punto geográfico en el mismo momento. ¿Cita forzada? Quizás si… pero obligada también. Y es que cuando gestionas una empresa de turismo, enfocada en el turismo sostenible, y cuya base es el amor por nuestro territorio y el deseo de su conservación por los siglos de los siglos, acabar encontrándote con Chabier de Jaime es parte del guión. 


Así pues, nuestro primer viaje con clientes al Maestrazgo (viaje de 3 días y 2 noches donde queríamos mostrarles no sólo lo más conocido, sino también grandes dosis de aquello menos conocido pero que a buen seguro no iba a defraudar) comenzaría con la visita al Alto Alfambra.

Reconozco que nuestros clientes esperaban algo grande de Cantavieja, Mirambel o La Iglesuela del Cid, pero quizás el Alto Alfambra era menos conocido para ellos, y sus expectativas estaban ahí, a la expectativa. 


Bajamos del microbús en nuestro punto de encuentro, y en pocos minutos comenzaron a maravillarse con los detalles… El trinar de los pájaros, el escaso tráfico de la carretera que pasaba junto a nosotros, el paisaje salpicado por cultivos, monte bajo, bosque de ribera y ganadería extensiva… Y así, un sinfín de pequeños detalles que empiezan a cautivar poco a poco a un público prácticamente urbanita pero con un gran amor por el medio rural. 

Enseguida llegaría Chabier, y con él la pregunta obligada de ¿cuántos habéis estado ya por estos lares? La respuesta era a buen seguro la esperada, apenas conocían, o conocían a muy grandes rasgos dónde estábamos ubicados, pero sin apenas detalle. 


Nuestra ruta comenzaría con el Camino de los Pilones. Allí, en aquellas inmensas llanuras que nos invitan a acariciar el cielo con nuestras manos, y en las que se respira una tranquilidad inmensa, entendimos rápidamente que no siempre fue así, que si aquellos pilones estratégicamente ordenados existen, es a buen seguro porque hace ahora unos 300 años era una de las principales vías de unión entre estas comarcas turolenses y el levante peninsular. Posiblemente una de las obras más importantes de la época en lo que a ingeniería de caminos se refiere. 

Bien, la visita empieza ganar calidad en tanto en cuanto las explicaciones de nuestro acompañante van sucediéndose. Y la sensación de no saber muy bien en qué territorio nos encontramos se va tornando hacia un sentimiento de estar paseando por un territorio cargado de historia. 


De allí moveríamos al valle de Sollavientos. Llaman la atención las masías, y muchas son las preguntas que nos vienen a la cabeza. Entre masía y masía vemos y disfrutamos de esas imágenes de ganadería extensiva todavía viva, todavía rentable, todavía posible.


Haremos una nueva parada en la ermita de Santa Isabel, imagen icónica de este hermoso valle, y lugar ideal para continuar con nuevas explicaciones. En esta ocasión sobre la ganadería local, y el porqué del chopo cabecero. ¡Cuánta lógica hay detrás de cada elemento paisajístico! 


El entender el porqué del Camino de los Pilones, el escuchar la razón de ser del Chopo Cabecero, hacen que nuestros visitantes disfruten infinitamente más del paisaje que aquellos otros que pasean por estos mismos lugares sin conocer bien el porqué de las cosas. 


De una u otra forma, hace entender mucho mejor qué fue en su día estas sierras turolenses, y el cómo el ritmo atroz de la Europa posterior a la revolución industrial les ha afectado. 


Por último subiríamos hasta el puerto de Valdelinares, situado a más de 1.800 m de altitud. Esto nos sirve también para darnos cuenta de otro factor característico de estas tierras, el hecho de encontrarnos en todo momento entre los 1.000 y los 2.000 mts no deja de llamarnos la atención. En todo momento, y siendo un público que el que más y el que menos ha andado largas jornadas de senderismo, hace que la comparativa con los Pirineos sea inevitable. Muchas similitudes, muchas diferencias. Hablamos de un paisaje muy elevado, pero sin grandes elevaciones. Quizás ahí radica la principal diferencia con los Pirineos, cuyo paisaje se basa en las grandes elevaciones, aunque sus pueblos han sido construidos en valles difícilmente por encima de los 1.000 mts. 

Acabamos la jornada con una comida de grupo en Allepuz, allí disfrutamos, y escuchamos en repetidas ocasiones frases de satisfacción máxima sobre la visita del día en el Alto Alfambra, el haber conocido de primera mano ...


la historia que encierran los chopos cabeceros, y sus vínculos con el ser humano, y el saber que hoy en día puede que el GPS nos deje de funcionar, pero a buen seguro sabríamos llegar siguiendo los pilones hasta Villarroya de los Pinares sin temor a perdernos.

Carlos Díaz 

jueves, 5 de julio de 2018

LOS CAÑOS DE GÚDAR. UN TROP PLEIN EN LA CABECERA DEL RÍO ALFAMBRA

El río Alfambra nace de las aguas que se recogen en los extensos prados del Bolage de los Pares, entre el Alto de la Gitana (1981 m) y El Morrón (1912 m), en el fondo de la val de Motorritas (Gúdar).


Al poco de pasar junto a la ermita de Santa Quiteria, el río recibe a un arroyo que desciende bruscamente desde el Peñarroya (2.028 m), el monte más alto de la cordillera Ibérica meridional y del sur de Aragón. Allí el valle se cierra al tener que atravesar el joven Alfambra (o río Blanco) unos potentes bancos calizos, formándose un sinuoso estrecho conocido como La Hoz

En la Umbría de los Caños, donde la insolación se aminora, prospera un frondoso bosque de pino royo (Pinus sylvestris), que remonta hasta el inmediato término de Alcalá de la Selva.


En la Solana de la Hoz, la incidencia perpendicular de los rayos solares propicia la desecación del suelo y limita el desarrollo de la vegetación, que corresponde a un matorral con salvia, agrillo, tomillo, espliego y aliaga, salpicados de algún pino royo. 

En esta solana se produce uno de los fenómenos hidrogeológicos más singulares de estas montañas: los Caños de Gúdar.

A este paraje se accede desde la antigua carretera de Gúdar a Alcalá de la Selva. Allí el río Alfambra abandona su dirección este-oeste y toma decidido la sur-norte, tras recoger un arroyo que desciende desde el Puerto de Gúdar. 

El de los Caños de Gúdar es uno de los parajes más populares entre los excursionistas, en el Parque Cultural del Chopo Cabecero Alto Alfambra. Reúne a casi todos los requisitos para realizar un cómodo paseo: agua, bosque, montaña y un fácil sendero.

Las personas que visitan este espacio natural suelen remontar el joven río Alfambra, un arroyo de montaña de agua limpia, a través de un bosque de pino royo, cruzándolo por las piedras o por el puente ...


mientras disfruta del silencio solo roto por los pájaros forestales y los saltos de agua que van surgiendo ...


La excursión termina cuando se alcanza una cascada mayor que, en primaveras como la de este año, muestran el esplendor y la energía del agua en su caída a través de estas montañas ...


Es este salto de agua un paraje que el excursionista puede estar horas contemplándolo sin cansarse. Por ello, es muy adecuada la presencia de un pino caído frente a la cascada, que hace las veces de banco natural ...


Sin embargo, los Caños no son esto, a pesar de que están bien cerca.

Las rocas que afloran en este territorio corresponden a materiales sedimentarios que se depositaron en ambientes marinos durante el Cretácico Inferior. En la parte alta de la Hoz, aguas arriba de la última cascada y del final del sendero, predominan diversos estratos de calizas, calizas con margas o dolomías (Barremiense y Aptiense). En el mapa son aquellos representados en verde azulado liso (C 2c15), verde claro suave (C1m15) y verde claro vivo (C1c15).


Son materiales fracturados y fisurados, por lo que son muy permeables, permitiendo la infiltración del agua y la creación de un acuífero (rocas empapadas) que tiene como base el estrato de arcillas de color marrón verdoso (CW11-14) que afloran en la parte oeste del valle. La descarga principal del acuífero se produce en una fuente que aparece junto a una caseta de obra que queda en la margen derecha del río.


El pasado 21 de abril estuve impartiendo un módulo sobre el Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra en el máster de "Técnicas de Gestión del Medio Ambiente y del Territorio" de la Universitat de València y que organiza el profesor Alejandro J. Pérez Cueva. Al terminar, nos propuso visitar Los Caños, pues esperaba verlos activos, a juzgar por las precipitaciones recogidas durante las últimas semanas.

El otoño pasado, como bien sabemos, vino muy seco. Enero siguió la tónica (15,4 L/m2). Febrero, un mes poco generoso en precipitaciones, aportó (49,2 L/m2). Marzo se superó (59,2 L/m2). Unas y otras, mayormente en forma de nieve que, tras su fusión, fue recargando un acuífero muy afectado por la prolongada sequía. Y, finalmente, llegó abril. La primera quincena de abril trajo varias nevadas seguidas, que superaron los 60 L/m2. Los arroyos estaban pletóricos. Y algo más. Los Caños. 

Y allí que nos fuimos.

Se notaban los efectos de la nevada en el pinar, como ya fue comentado en otro artículo ...


y la lenta entrada de la primavera, que se ponía de manifiesto con la floración de las hepáticas, unas con pétalos blancos, otras con pétalos rosas y, las más, de pétalos azules, ofreciendo colorido al apagado sotobosque del pinar ...


Conforme remontábamos el cauce del río Alfambra comenzamos a encontrar pequeños arroyos que vertían en él en improvisadas desembocaduras ...


desparramando su tumultuoso caudal ...


Podía pensarse que se trataban de arroyos temporales que descendieran desde lo alto de la montaña. No podía ser, pues estaban muy cercanos unos de otros. Con el tiempo se hubieran organizado en una misma red hidrográfica y tendrían una única desembocadura. Esto tenía un origen diferente. ¡Vaya que sí! 

La respuesta la teníamos enfrente. A media ladera, observando entre las ramas de los pinos, vimos un fenómeno que nos llamó la atención. El agua surgía de las rocas.


Fuimos ascendiendo por la ladera hasta acercarnos al primero de los torrentes: ¡un espectáculo natural!


Y, siguiendo el curso de agua, dimos con su punto de inicio. 


Una surgencia en la que el agua brotaba con fuerza entre las margas y calizas situadas a media ladera de la solana ...


Encontramos un sendero que mantenía el nivel y nos acercamos hacia el este, hacia la parte alta del barranco. A los pocos metros y a una misma altitud ("a nivel") apareció otro manantial ...


... que se desparramaba ladera abajo ....


Y, siguiendo la senda, y a la misma altura, otra nueva surgencia ...


Mirando a nuestra espalda, se reconocía claramente que nacían de las rocas ...


Y, así, hasta siete manantiales encontramos.

Estos son los "Caños de Gúdar". En hidrogeología estas fuentes son conocidas como de tipo trop plein. Un término de origen francés que significa desbordante o demasiado lleno. Veamos qué significa esto.

El acuífero de estos montes descarga habitualmente, como vimos, en la fuente de los Caños, situada muy cerca del río Alfambra. 

Sin embargo, en situaciones meteorológicas determinadas, como ocurre tras lluvias estacionales copiosas y prolongadas, tras tormentas estivales muy abundantes o, sobre todo y, como en este caso, tras el deshielo de importantes nevadas (las caídas en el Alto Alfambra durante la semana anterior) el acuífero se sobrecarga tan rápidamente que rebosa por niveles superiores a través de conductos previamente formados.

Era muy sospechosa la disposición de todos los manantiales a una misma altura. Este acuífero puede compararse a un odre que tuviera la boquilla en la parte inferior (la fuente de Los Caños), que fuera recargado desde arriba y que, entre uno y otro punto tuviera agujeros que le provocaran pérdidas en distintos puntos a media altura ("Los Caños"). 


Cuando las pérdidas superan a las entradas, solo hay un punto de salida: la boquilla (la fuente). Pero cuando la entrada es superior a la pérdida, el odre se llena hasta alcanzar las zonas de pérdida de confinamiento: los agujeros de nuestro odre.

El trop plein es, pues, una surgencia de origen kárstico, de carácter natural, que se forma por presión de un acuífero que desborda. No son muy habituales pues, además de que son efímeros, en su mayor parte pasan desapercibidos al quedar ocultos entre la vegetación, los canchales o por alimentar lagunas. 

Los Caños de Gúdar son un fenómeno natural que ocurre en contadas ocasiones. Los vecinos de la zona lo saben y acuden a ver cómo surge el agua en diferentes puntos en plena ladera .


 Como esta nivosa y lluviosa primavera.

martes, 3 de julio de 2018

NIEVE EN VERANO

Para poder engañar a la humanidad no tendría que hacer tanta calor. Aun así, cada uno que pasa me mira pensando en el invierno. Es casi invierno en el otro hemisferio del planeta pero aquí no. Aquí casi es tiempo de cosecha aunque este año con todo lo que ha llovido, anda tardía.


Más gente andando admirando absortos el paisaje que, sin ayuda de efectos especiales, consigue sorprenderles cada año. En lo que va de este, tengo el agua a mi favor. El agua puede, cayendo desde el cielo dando de beber a la tierra, sumergirnos a todos en la vida que crea, incluso es capaz de cambiar el horizonte de la manera más literal. 


Al fin un niño dice en voz alta lo que todos piensan: “¡parece nieve!”- grita entusiasmado mientras hunde sus deditos en la blancura al borde del camino y lanza al viento mis flores ligeras como el Platero de Juan Ramón Jiménez, casi de algodón. 


Sigo sacudiéndome, lanzando al aire miles de ellas que casi flotan en el aire dejándose llevar como bolisas de enero.


El espectáculo está servido para quien sepa mirar a su alrededor, para quien no haya visto nunca nieve en verano y, quiera saber de verdad, como huele el pan al nacer.

Neus Asensi (texto y fotos)
Jorcas