domingo, 8 de abril de 2018

MARZO EN EL BARRANCO DE LAS UMBRÍAS DE GÚDAR. SURGEN LAS FUENTES, CORREN LOS ARROYOS

Hacía ya tiempo que quería recorrer el barranco de las Umbrías, uno de los más agrestes del Alto Alfambra. Por unas u otras cosas  lo iba dejando para más adelante, pues casi prefería ir cuando ya entrara la primavera y las plantas comenzaran a mover. 

Ese día habíamos terminado de hacer el seguimiento de la campanilla de invierno en Cedrillas. Nos quedaba la tarde y le propuse a Demetrio acercarnos a este paraje de Gúdar antes de que se pusiera el sol. Siempre aprendo con él cuando me muevo por su territorio: la sierra.

Silencio y soledad en la montaña. El invierno aún estaba muy metido pese a ir marzo por su mitad. Las nieves de febrero habían recargardo de agua el suelo y enfriado la tierra. Lo normal por estos terrenos. Tan solo apuntaban actividad el tempranero heléboro y una pequeña población, pensamos que desconocida, de campanilla de invierno. Hacía frío en Las Umbrías.

Llegamos al merendero de La Dehesa.

- Vamos a ver una poza, me propuso Deme. Así, nos bajamos al fondo del barranco y fuimos remontando el arroyo hasta dar con ella.


La formación de tobas calcáreas sobre salientes del cauce ha creado una serie de pequeñas cascadas y una poza que, esa tarde, lucía espléndida sus cristalinas aguas.


Los pinos caídos le daban un mayor de naturalidad. Estos árboles que crecen sobre laderas muy inclinadas y con escaso suelo, son vulnerables a los vientos y, sobre todo, a la inestabilidad del terreno cuando se producen pequeños deslizamientos tras las nevadas.


El arroyo llevaba aquella tarde un buen caudal. Entre febrero y la mitad de marzo de este año se habían recogido en Gúdar 87 L/m2, casi todo en forma de nieve. Muchas nevadas pequeñas. Han hecho olvidar la escasez de precipitaciones del otoño y de buena parte del invierno.

Esta nieve, recogida en las lomas altas de este valle y una vez fundida, ha ido infiltrándose en las calizas, areniscas, margas y arcillas del Aptiense (Cretácico Inferior) que afloran en su cabecera. Y, antes o después, acaban alimentando el arroyo.


Los pequeños manantiales, secos durante meses, volvían a estar activos. Muchos de ellos se disponen en puntos en los que las calizas y dolomías (zonas de recarga) se ponen en contacto con las margas (impermeables) sobre las que descansan.

Cerca de la poza, en la margen izquierda del barranco, encontramos una surgencia que así interpretamos.


Estos manantiales desparraman su caudal en laderas abiertas y forman nuevas tobas calcáreas sobre las que prosperan hierbas higrófilas y densas alfombras de musgo.


... antes de unirse al arroyo al que alimentan. 

En su descenso va incrementando su caudal de estas surgencias laterales y de otras situadas en el mismo cauce. Y resuelve los relieves que ofrecen los peñascos caídos creando pequeñas cascadas ...


Volviendo por el fondo del barranco me alegraba de haber podido disfrutar de este momento de aguas altas. 


 Y, es que, en cada hora, en cada momento del año, la montaña ofrece una nueva cara. Te ofrece una enseñanza. Aunque aún duerma el invierno en estos montes. 

miércoles, 4 de abril de 2018

SIGUIENDO A LA CAMPANILLA DE INVIERNO EN CEDRILLAS

El cambio global, a través del cambio climático y del cambio en el uso del suelo, está transformando los ecosistemas en todo el planeta. La diversidad biológica se empobrece pues son mayoría las especies que pierden hábitat. Y esto se traduce tanto en la regresión de las poblaciones como en la distribución geográfica de las especies. 

Esto le ocurre al quebrantahuesos o al oso pardo, pero también a multitud de plantas que silenciosamente vienen desapareciendo de los montes y campos por razones diversas. La sociedad no siempre concede la importancia a la protección de la flora silvestre, salvo algunas destacadas especies herbáceas con flores de gran belleza o a algunos árboles escasos o raros. Tampoco los naturalistas prestamos la misma atención a las plantas que a los animales. Y es un error.

Hace unos años el Instituto Pirenaico de Ecología y el Gobierno de Aragón pusieron en marcha el Proyecto Life+ "Red de seguimiento para especies de flora y hábitats de interés comunitario en Aragón" (LIFE12 NAT/ES/000180 RESECOM).

Los objetivos eran dos:

- Constituir una red de observadores de flora entre técnicos, investigadores, APNs y voluntarios que permita obtener información a largo plazo de los cambios en las poblaciones, especies y hábitats.
- Crear protocolos sencillos pero con validez científica para obtener información de las diversas plantas en el campo.

La idea última es detectar cambios y analizar las tendencias en el área territorial que ocupan y en la abundancia de las poblaciones de ciertas especies de plantas amenazadas, afectadas por cambios severos en cuanto a las condiciones ecológicas o que se hayan en el límite de su área de distribución geográfica.

Como puede verse es un proyecto de ciencia ciudadana en el que puede participar cualquier persona. Tiene varios niveles, desde la determinación de la presencia o ausencia de poblaciones en un paraje determinado hasta el seguimiento más profundo de las poblaciones o de los individuos, lo que se llama "adoptar una planta".

Demetrio Vidal, Deme como le llamamos los amigos, es un biólogo natural y vecino de Mora de Rubielos. Es también uno de los voluntarios que participan en esta red de seguimiento de plantas de interés comunitario habiendo adoptado a una planta muy interesante y singular. No conocemos el nombre local, pero en las guías es llamada campanilla de invierno, perforanieves o lirio de invierno. Su nombre científico es Galanthus nivalis.


La campanilla de invierno es una planta que crece en bosques húmedos y sombríos, generalmente hayedos o pinares, pero también en setos con espinos, en los prados de su alrededor e incluso en roquedos umbrosos con algo de tierra. Necesita suelos profundos y le prueba bien el encharcamiento temporal propio de la fusión de la nieve. Es una planta que florece muy pronto, en pleno invierno. De hecho, su tallo floral es capaz de perforar la capa de nieve que la cubre para asomar sobre ella y producir entonces la flor.

  
Es propia de los bosques de la región Eurosiberiana, presentándose tanto en Europa (Centro y Sur) como en el extremo occidental de Asia. En la península Ibérica tiene sus mejores poblaciones en los Pirineos aunque se extiende por montañas próximas como los Montes Vascos o el Montseny. Y también está presente en la cordillera Ibérica, pero sorprendentemente en su sector meridional y en forma de poblaciones dispersas. En los pinares de Cedrillas se encuentra una de ellas. Es la que estudia Deme.

Es una planta que matiza muy bien el carácter fronterizo, tanto en lo ecológico como en lo biogeográfico, de la cordillera Ibérica turolense. Como sabemos, esta se encuentra dentro de la Región Mediterránea. Sin embargo, en zonas elevadas o beneficiadas en cuanto a precipitaciones aparecen ciertas especies que resultan más propios de las montañas de los Alpes o del Cáucaso. Eso sí, formando poblaciones aisladas que, por otro lado, están en su límite ecológico siendo por tanto muy vulnerables ante el cambio global.


Hace unas semanas me invitó a acompañarle a él y a su perro Chico a la jornada anual de seguimiento.

Es importante seleccionar bien la fecha de la visita. No puede ser demasiado pronto, pues puede infravalorarse la población al no haber tenido tiempo para emerger. Si se realiza demasiado tarde, se encuentran más frutos que flores y no se consideran aquellas que no han fructificado.

Esta temporada salíamos de un otoño especialmente seco y de un invierno con algunas nevadas que humedecieron el monte a última hora. Sabíamos que algunas poblaciones aisladas que crecen en los estrechos del Alfambra y en condiciones muy limitantes habían adelantado su floración. Una respuesta de la planta al agotamiento de agua del suelo.

Amanecimos una fría mañana de mediados de marzo en unos frondosos pinares albares (Pinus sylvestris) de la cabecera del río Mijares donde Deme tiene establecidas sus cinco parcelas de estudio. En realidad no son parcelas, son transectos.

Unía los puntos de referencia con la cinta métrica.


Deme traía un bastidor de tubo de plástico que definía en su interior un cuadrado de 25 centímetros de lado ....


una ficha para localizar cada transecto en el monte ...


y unos apuntes para seguir el protocolo de trabajo ...


Se trataba de registrar el número total de plantas presentes en todos los cuadrados a lo largo de uno de los lados de toda la cinta métrica. Las plantas podían presentarse en tres estadíos. Como ejemplares reproductores, si tenían flor o fruto ...


como ejemplares adultos vegetativos si tenían las dos hojas basales acintadas ...


o como ejemplares juveniles, cuando solo presentaban una sola hoja, la procedente de la germinación de la semillas ....


Así pues, cada múltiplo de 25 cm. en la cinta métrica colocaba Deme el bastidor .... ¡y a contar!


Contar los ejemplares reproductores era fácil. No tanto los ejemplares vegetativos. Y ya era difícil los juveniles, pues sus hojas se confundían con las de algunas gramíneas que formaban el estrato herbáceo del sotobosque. Deme, pacientemente iba contándolas mientras que yo anotaba los datos en la ficha.


Uno tras otro hicimos los cinco transectos. Los más eran rectos y cortos, pero algunos tenían un codo para sortear algún obstáculo o aprovechar mejor el terreno ...


Mientras nos movíamos entre las parcelas de trabajo íbamos encontrando numerosos ejemplares. Sobre todo, bajo las gabarderas, agrillos y vizcoderas, pues estos espinos parecen protegerlos del diente de los ungulados y del pisoteo de los excursionistas.

En el conjunto de las cinco parcelas se encontró un total de 547 ejemplares que se desglosaban en las siguientes categorías:

- Juveniles: 147
- Vegetativas: 328
- Reproductoras: 72

Es de gran interés conocer la evolución de las poblaciones de la campanilla de invierno en parajes situados en el extremo meridional de su área de distribución ante procesos de calentamiento global y de cambio en el patrón de precipitaciones.


Pero aún más valioso es cuando la obtención de estos datos une a científicos y a voluntarios, cuando se realiza lejos de los espacios naturales protegidos, cuando implica a la ciudadanía y cuando conecta lo local con lo global.

sábado, 24 de marzo de 2018

DENTRO DEL BOTIJO, LA LIBERTAD

Ubicado en algún punto entre Santaliestra y San Quílez en la comarca oscense del Alto Ribagorza, Aguilar tuvo 148 vecinos en 1940 y descendió a dos en el 2001.

Quince años después, totalmente deshabitado, las piedras caídas de las casas de antaño flotan en la montaña como la dentadura postiza de un muerto olvidado en el vaso de agua de la eternidad.

Las dentaduras sin dueño y los pueblos vacíos, se parecen.

Ambos rosigan el tiempo y esperan una risa que jamás volverá.

Mi pueblo turolense, a unos cuantos quilómetros de su hermano norteño, se apellida del Alfambra y también se llama Aguilar.

Y como él tenía 148 vecinos hace algún invierno.

Hoy quedan veinte almas y no sé qué pensar.

No pienso.


Pero a veces lloro recorriendo sus calles, eras y majadas.

Rellenando sudokus de pasado con la memoria y su vértigo.

Sus dientes blancos, anclados en la loma, anticipan caries de ardua soledad.

Yo miro distraído la voz del campanario y reescribo la plaza donde aprendí a besar y sostengo un silencio que otrora fue cubata mientras la orquesta toca un limpio cha cha cha.

Me duele su mañana más que mi presente porque estando vivo no lo quiero ver flotar.

Postizo o real, Aguilar del Alfambra masca la memoria con pasión diligente y aunque yo no lo vea, ha de aletear.


Siempre habrá un recuerdo que rescate  la prótesis de su triste deriva centenaria, un temblor que siembre mi pueblo en sus cascajos cuando grazne el erial.

Y una palabra loca saciará en la fuente los pasos perdidos del último habitante campesino, dará luz al botijo, mirará a la ciudad.

Y caerá otro día sobre el tiempo diluido.

Dentro del botijo, la libertad.

Dani Izquierdo (Aguilar del Alfambra)

Nota: Carmen, tataranieta del pueblo oscense de Aguilar, me cuenta que su tatarabuelo, secuestrado por una demencia inexorable, traspasó la vida susurrando la última frase de éste mi texto: "Dentro del botijo, la libertad." No sabía si era pertinente comentármelo. Yo ignoraba si era oportuno publicarlo en la intimidad de este muro plenamente abierto. Carmen no solo me dio permiso, me pidió que lo hiciera por rendirle homenaje a su "tatarayayo" cestero.

Ese y no otro es el último valor de la palabra: con las hebras de la experiencia humana, tejer cestas de vida entre los vivos y los muertos.

miércoles, 21 de marzo de 2018

ALGUNAS VECES

El 21 de marzo comienza la primavera en nuestro hemisferio. La primavera es una estación anual vinculada con el renacer de la vida pero también con los sentimientos e, indirectamente, con la poesía

Hace casi cinco años, Diago Colás escribió "Algunas veces". Un poema dedicado a los álamos negros trasmochos en el marco de la celebración de la V Fiesta del Chopo Cabecero, celebrada en el valle del río Pancrudo, en Lechago y Cuencabuena.

Hoy día 21 de marzo queremos celebrar el Día Internacional de la Poesía -y también el Día Internacional de los Bosques- trayendo a nuestro blog aquellos versos y acompañándolos con tres fotografías de Chusé Lois Hernando.


Algunas veces, si los aromas son propicios,
las otoñales lágrimas de los árboles gigantes
invaden la mirada amarilla de los rastrojos
y relatan su historia.

Entonces las casas recuerdan de qué prenda
se vistieron sus alturas para culminar su techumbre.
Entonces el hierro de las estufas emite un silábico
ronroneo y concreta en qué nutritivo fuego
se calentaron sus moradores.


Llegó acto seguido la noche de la industria,
ese paquidermo inamovible que se llevó los pueblos
y también la anciana forma de armar las techumbres,
al hierro que ronronea quedo en las estufas
y el modo de cortar el cabello a los árboles gigantes.

Algunas veces, tan sólo algunas, si la tierra
recién labrada y humeante no se resigna a su abandono
y los nietos convocan los usos de los abuelos,
las foliares lágrimas invaden el amarillo de los rastrojos
y relatan su historia.


Los árboles gigantes se perpetúan furos
aún a pesar de la soledad viscosa del olvido.
Su manto protector se extiende a los coleópteros
y alimenta sus élitros con el maná de sus adentros.

El amanecer de la escamonda irrumpe en la noche
de la industria y les corresponde aguardar calmos
el despertar, por fin, de las yemas tiernas.

Se renuevan así los lazos neolíticos y el ancestral
compromiso de las sociedades con su paisaje.
Se formalizan las nuevas y esperanzadoras uniones
y se derrocaron los exilios y pone fin a los destierros.


Algunas veces, si los aromas son propicios,
las otoñales lágrimas de los árboles gigantes
sirven de fértil sustento a las sociedades
y relatan su historia.

lunes, 19 de marzo de 2018

DÍA INTERNACIONAL DE LOS BOSQUES 2018. LOS SABINARES DEL ALTO ALFAMBRA

El día 21 de marzo se produce el equinoccio de primavera en el hemisferio boreal y el de otoño en el hemisferio austral. Fue la fecha propuesta en 1969 por el Congreso Forestal Mundial para la celebración del Día Forestal Mundial o Día Internacional de los Bosques a la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entidad que aceptó en 1971. 

La Asamblea General de las Naciones Unidas decidió declarar en 2012 esa fecha como Día Internacional de los Bosques para difundir la importancia que tienen para la vida silvestre y para las personas comenzando a celebrarse el año siguiente.

Si pudiéramos viajar en el tiempo y contemplar el Alto Alfambra un par de miles de años tras la última glaciación y antes de que la huella humana fuera importante nos encontraríamos unos valles y montañas completamente cubiertos por los bosques. Bosques de pino negral (Pinus nigra), de pino royo o albar (Pinus sylvestris)  o de pino moro (Pinus uncinata) irían apareciendo al remontar el valle, desde Galve hasta Gúdar. En los sustratos que pueden retener suficiente agua durante el verano, como ocurre sobre arcillas o margas, y en la frescas umbrías prosperarían el rebollo (Quercus faginea). Enfrente, en las solanas muy expuestas, sobre todo en laderas calizas muy inclinadas, lo haría la carrasca (Quercus ilex). Y, entre pinares, rebollares y carrascales, fomando bosques mixtos, la sabina albar (Juniperus thurifera) que tal vez llegara a formar bosques puros en sustratos yesosos o en zonas afectadas por las inversiones térmicas.

Un poblamiento humano tan antiguo como el que se dio en este valle y tan intenso como el que se produjo tras su especialización en la producción y manufactura de la lana durante los últimos cinco siglos dio origen a los paisajes deforestados que hoy podemos encontrar y que tan bien caracterizan al Alto Alfambra.

Sin embargo, nada está quieto. Los procesos naturales siempre están activos. Aunque lleven unos ritmos temporales muy diferentes de los nuestros, razón por la que a los humanos nos cuesta percibirlos. Un moderado descenso en la carga ganadera durante las dos últimas décadas está originando una incipiente recuperación de la cubierta boscosa tras desencadenarse la sucesión ecológica.


Bajando hacia la vega de Cedrillas por la carretera que viene de Alcalá de Selva, a la altura de la Masía del Cuartal, se levanta un cerro formado por arcillas violáceas y grises areniscas. Un bosquete de sabinas albares albergaba ejemplares de diferentes edades. Las más viejas, fueron aquellos empleadas para dar comida durante el invierno y sombra en el verano. Las más jóvenes, hijas de las primeras, están creciendo tras remitir la  presión de la oveja a partir de semillas diseminadas por los tordos, mirlos y zorros.

Esto mismo pienso cuando recuerdo aquella solitaria y joven sabina albar que encontramos al bajar de la Muela de Camarillas. Esta puede ser la pionera de un futuro bosquete de aquí a cuarenta años. Si se le respeta.


A pesar de las sequías que impiden el desarrollo de las plantas, a pesar de las lluvias torrenciales que se llevan el escaso humus del suelo ... la recuperación del bosque, es un proceso tan lento como inexorable. 

Sólo hay que dejar hacer. 

jueves, 15 de marzo de 2018

POR AMOR

Antes de los temporales, a primeros de febrero, estaba así la vega, con poca agua y nieve, en Jorcas, Teruel. Un peral, sin duda de buenas peras, y por eso respetado por el agricultor (pese a dificultar las labores en la parcela) destacaba con su oscuro, casi negro color, en las tierra rojizas del Cretácico inferior y por su tronco en espiral común en los viejos perales.


El campo labrado, pero el cereal no nacido, evidenciaba el seco invierno, roto sólo hace unos días. En los lugares fríos se oscurecen, no sé porqué, aun más los árboles de corteza oscura, resaltando entre los chopos cabeceros y las saucedas doradas y rojizas que acompañaban al río Alfambra. Su color y la sombra alargada al mediodía era testimonio del pleno invierno. Los frutales de pepita son los favoritos en la tierras altas, les gusta el frío en invierno, la flor se escapa mejor de las heladas, que aquí duran hasta junio, y los veranos cortos son suficientes para madurar sus frutos. Tradicionalmente ellos y las azarollas (Sorbus domestica) eran las únicas fuentes de vitamina C en invierno por lo que se estimaban y cuidaban más por necesidad que por capricho. 

Hoy en día mantenerlos así, en medio, sí es un puro acto de amor.

Armand Paz (texto y foto)

lunes, 12 de marzo de 2018

IN MEMORIAM

El pasado día 17 de enero de 2018 se colocó la maquinaria restaurada del viejo reloj de la torre, sobre un armazón de hierro, en el salón de plenos del Ayuntamiento de El Pobo, donde quedará ya expuesta. Puede datarse su antigüedad entre las décadas de 1920 o 1930.


Con cuidado, se tomó nota de las instrucciones para ponerlo en hora y accionarlo que nos dio el relojero D. Francisco Gómez Jiménez, encargado de su rehabilitación, a fin de no "estropialo". Ya padecía ciertos achaques cuando se sustituyó por otro electrónico que hay ahora.


A su vez, la primera esfera del reloj fue de cinc, la siguiente de cristal y la que hoy luce en lo alto del campanario es de metacrilato.



Por las características térmicas de los materiales del reloj (hierro y bronce), más en lugar tan expuesto como un campanario de la Sierra, en invierno atrasaba y en verano adelantaba. Por ello, había que ajustarlo desde la rosca que tiene el péndulo para contrarrestar dichas acciones. En este tipo de relojes la vara del péndulo es de madera.


El cuartito del reloj, que está un poco más abajo del cuerpo de campanas y cerrado con llave, fue siempre objeto de misterio y curiosidad para los legos. A través del tiro de la torre descendían las pesas. En algún momento se colocó un pequeño motor para hacer el remonte y no tener que subir a darle cuerda al reloj, que funciona por gravedad.

Nosotros sólo hemos conocido un relojero en El Pobo: el tío Pedro Sánchez, fallecido el día 7 de enero de este año y enterrado aquí. Fue hombre de iglesia, de guiñote y de huerto; albañil, cantador de albadas y juez de paz. Parece como si con él se cerrara una época completa. A este respecto, creo que muy apropiado sería recordar un proverbio latino, escrito en algunas viejas esferas de reloj. Dice así: "Vulnerant omnes, ultima necat", o sea, todas hieren, la última mata, refieriendose a las horas y que, en este caso particular, atañe al relojero que tanto se desveló. No en vano, en la maquinaria del reloj reza una placa:

Restaurado por:
Relojes y campanas monumentales, 2018
En recuerdo a:
PEDRO SANCHEZ TENA
1935-2018

Fue el Ayuntamiento quien históricamente se hizo cargo del reloj de la iglesia hasta hoy en día. No fue el primer mecanismo. Rebuscando en el Archivo Municipal puede verse el pago del Concejo a Esteban Domingo por "Cuidar del Relox", ya en el año 1729. Ese empleo será heredado por su hijo, Braulio Domingo. El cerrajero Miguel Sánchez Nadal suele hacer reparaciones del reloj por aquella época. Fue el artífice de los herrajes de la puerta del Loreto (1748), que orgullosamente marcó con su nombre. También hizo los existentes en el portón de la desaparecida casa del número 12 de la calle del Carmen, actualmente solar. Parte del arco de medio punto que lo enmarcaba, fechado en 1737, podemos verlo hoy encastrado en el piso superior de la antigua carnicería, haciendo de ventanal. Luce un escudo heráldico. Son las paradojas del destino: tan celosos como se mostraron los concejos del siglo XVIII frente a los privilegios de los infanzones, nunca habrían permitido colocar otro emblema distinto al suyo en un edificio de clara titularidad municipal.


Desde lo alto de la torre un nuevo reloj da las horas. Como siempre, las da a ricos y pobres por igual. A las plantas de sus pies, junto al amplio arco ojival del atrio, impertérrito, marca el devenir un reloj de sol de muy buena fábrica, hecho de un solo bloque de azulada piedra de calar en 1706.

Reloj de sol en la iglesia de El Pobo
Éste ya dio la hora del cambio de dinastía austriaca a la borbónica en el trono de España y otros muchos momentos nuestros no tan pregonados. El tiempo no perdona.

Juanjo Martín Escriche (El Pobo)