sábado, 13 de enero de 2018

OROMEDITERRÁNEO

Según el área de distribución actual de los seres vivos, los geógrafos dividen la superficie terrestre en seis territorios. Estos territorios naturales reciben el nombre de reinos. La mayor parte de Norteamérica, de Asia, la totalidad de Europa y una pequeña parte norte de África forman parte del reino Holártico.

Cada reino, a su vez, se subdivide en otras unidades biogeográficas menores conocidas como regiones. En el reino Holártico hay once regiones. La península Ibérica se encuentra entre dos regiones. La parte norte, que se extiende por Galicia, la cordillera Cantábrica y el Pirineo, pertenece a la región Eurosiberiana (o Medioeuropea). El resto de la península Ibérica lo hace a la región Mediterránea, como buena parte de la península Itálica, Balcánica, el oeste de la de Anatolia y el norte del Magreb. El Alto Alfambra se sitúa, pues, inmerso en la región Mediterránea.

Si se relaciona la distribución geográfica de los seres vivos con la climatología (temperatura y precipitación) de cada territorio se obtienen unos índices bioclimáticos. Estos índices permiten establecer unos grupos de intervalos que se pueden hacer coincidir con los pisos de vegetación observados en cualquier lugar de la Tierra al ascender en altitud o en latitud.

Para la región Mediterránea, el profesor Rivas-Martínez estableció cinco pisos de vegetación. Desde el nivel del mar hasta las altas cimas, en la península Ibérica se pasa por los pisos, inframediterráneo, termomediterráneo, mesomeditarráneo, supramediterráneo, oromediterráneo y crioromediterráneo.

Estos pisos de vegetación se establecen por un índice de termicidad pero, en líneas generales, la temperatura media anual es el factor determinante. Así, el piso oromediterráneo corresponde con aquellas zonas que presentan temperaturas medias anuales comprendidas entre los 8 ºC y los 4 Cº mientras que el supramediterráneo serán aquellas en las que estas se encuentran entre los 12 ºC y los 8 ºC.

Pisos bioclimáticos. Fuente: Especies forestales
Los sector central y norte del alto Alto Alfambra, es decir, los términos de Galve, Camarillas, Aguilar del Alfambra, Jorcas y las partes de menor altitud de Ababuj, El Pobo, Monteagudo del Castillo y Cedrillas, se encuentran en el piso supramediterráneo. Sin embargo, las zonas más altas, aquellas inmersas en las sierras de Gúdar y de El Pobo, incluyendo el valle del Sollavientos, lo están en el piso oromediterráneo. El límite de altitud, en esta parte de la cordillera Ibérica suele encontrarse entre los 1.500 y los 1.600 m.

Estos aspectos térmicos hay que complementarlos con los datos de precipitación. Así, en la península Ibérica se establecen seis tipos de ombroclimas: árido, semiárido, seco, subhúmedo, húmedo e hiperhúmedo.

A las plantas, al estar en permanente contacto a través de sus raíces, también les influyen las características químicas del suelo. Este, a su vez, está muy influenciado por el tipo de roca. En líneas generales, tienden a establecerse dos tipos de sustratos principales: los básicos (generalmente carbonatados, con pH superior a 7) y los ácidos (generalmente silíceos). En el Alto Alfambra, predominan los sustratos básicos, aunque en algunas zonas concretas afloran rocas silíceas.

Imagen ampliada del valle del Alfambra obtenida del Mapa de Series de Vegetación de España (1:400.000). En trama de color rosa rayado (14a) los sectores del piso oromediterráneo
Hace una semana recorríamos las Lomas de Valdespino, en el término municipal de Monteagudo del Castillo. En la Majada Redonda, donde afloran las rocas carbonatadas y la altitud alcanza los 1.600 metros, se mostraba en su esplendor la serie de los pinares, enebrales y sabinares basófilos. Ahí estaba la tríada oromeditarránea propia de las montañas calizas. 


El pino royo (Pinus sylvestris), la chaparra (Juniperus sabina) y el enebro común (Juniperus communis). Es la alta montaña mediterránea que también asoma en el Alto Alfambra.

miércoles, 10 de enero de 2018

COLEGIO DE GALVE: DESCUBRIENDO LOS CHOPOS CABECEROS

Los alumnos y profesores del Colegio de Galve nos envían este artículo sobre una actividad educativa realizada en su centro. Es la primera colaboración y no será la última.

Hola a todos! 

Tenemos algo que contaros y es que hace dos semanas tuvimos la visita de Chabier de Jaime. Un hombre muy simpático y que sabe muuuuucho sobre la naturaleza. 


Vino a Galve a contarnos cosas sobre el Chopo Cabecero. ¿Suena raro verdad?  Pues bien, es un chopo normal y corriente al que con el paso de los años le han ido cortando las "ramas guía". Al cabo de unos 12 años han ido saliendo nuevas ramas de este tipo  y el tronco se ha ido engrosando (haciéndose más gordo).

Aquí os dejamos algunas fotos de aquel día.

Pd: ¡Esperamos verte pronto por Galve, Chabier! 


 Aquí tenemos a Chabier al principio de la exposición. Como veis, nos enseñó curiosidades de nuestro propio pueblo.




Aquí nos está enseñando diferencias entre distintas hojas y así descubrir a qué árbol pertenecen. y poder diferenciarlos.


Hicimos paradas por el camino para que Chabier nos explicara todo aquello que nos llamaba la atención: escaramujos, sabinas, espino albar o como aquí en la foto: semillas de cardo. ( aprendimos que el pájaro "cardelina" debe su nombre a que se alimenta, entre otras cosas, de las semillas del cardo.) ------------->
Por último, localizamos un Chopo Cabecero enorme. No pudimos evitar hacernos una foto rodeándolo entre varios. Por el diámetro del tronco, Chabier calculó que este árbol tiene aproximadamente 100 años o más.

Un saludo y hasta muy pronto!

Alumnos y profesores del Colegio de Galve

domingo, 7 de enero de 2018

EL MATAPUERCO

Llegados los primeros y fríos días de diciembre, para el puente “de la Purisma”, comenzaba el rito del “Matapuerco” en cada una de las casas de los pueblos que forman el Alto Alfambra.


Todo se iniciaba en el mes de septiembre de un año antes con la compra en pueblos y masadas cercanas o proveniente de la cría en la misma casa, del protagonista, que era instalado en la “Corte”, un pequeño habitáculo de piedra con puerta vertical y un comedero compuesto por una piedra labrada.


... y una tapadera de madera móvil que se accionaba desde el exterior y que servía para alimentar a los animales.


Las cortes se encontraban principalmente junto a las cuadras de las caballerías en el interior de las casas ...


 o en el corral de la entrada ...


Aquella era una época en la que los males olores no causaban malestar entre los vecinos, pues cada cual criaba su tocino, una garantía de supervivencia, y al mismo tiempo, era una crianza más natural. La alimentación básica consistía en subproductos de la huerta como patatas, remolachas, coles, etc. También era costumbre recolectar las hojas verdes de los olmos que se mezclaban con agua y harina de cebada.

Dependiendo de la importancia y del número de miembros de cada casa se sacrificaban uno o varios cerdos y, un día antes, varias ovejas viejas para realizar la mezcla de las carnes en la elaboración de los embutidos.

Llegado el día y teniendo preparados el banco (normalmente un trillo viejo) las herramientas de matarife, barreños, cestos, etc., se empezaba tomando unas barrachas y unas pastas. Posteriormente, se procedía a sacar el cerdo de la corte, cogiéndolo con el gancho y depositándolo sobre el banco, era necesario la fuerza de varios hombres para sujetarlo. La sangre que caía en un barreño tenía que ser manipulada dándole vueltas constantemente para que no se coagulase, posteriormente se emplearía en la realización de las morcillas o para comerla cocida.


Una vez muerto el animal se procedía a socarrarlo usando aliagas ardiendo pinchadas por una horquilla.


Posteriormente se lavaba con agua caliente. Después se frotaba con piedra tosca y con un cuchillo especial se raspaba la piel para no dejar pelo alguno. Ya estaba listo para trocearlo.


Primero se cortaban las “manos de ministro”, se colocaba de rodillas para de este orden quitarle la cabeza ...


darle un corte de la nuca al rabo para hacer dos piezas iguales ...

A continuación se sacaban el espinazo, los lomos, las costillas, los espaldares y los jamones ...


que eran trasladados al granero para que se enfriasen y "joreasen" antes de hacer la conserva ...


 los jamones y otras piezas eran salados en las mismas casas ...


... para su consumo posterior.


Tras ello llegaba el almuerzo. Este consistía, principalmente, en partes de hígado, tocino y costillas del cerdo fritos, incluso antes de pasar la muestra por el veterinario. El almuerzo era consistente ya que no era costumbre volver a sentarse en la mesa hasta la hora de la cena.

Posteriormente se lavaban las correas (tripas) para usarlas en la elaboración de los embutidos.


Con la carne sobrante, una vez desprendida de la corteza y añadiendo las canales de las ovejas, hacían chorizos y longanizas. Primero capolando la carne y después mezclándola con las especias correspondientes


Un embutido típico era “la bueña”, que se realizaba con la carne cocida y capolada de lengua, livianos o lubianos (pulmones), riñones y demás menudencias mezclada con las especias del chorizo.

Una vez estaba toda la carne capolada y mezclada con las especias y en sus respectivos barreños, se procedía a embutir usando para ello las tripas del cerdo lavadas que se introducían en la parte más estrecha de un embudo de la máquina de embutir ...


... mientras que la carne se ponía por la parte ancha y era empujada mediante una rústica palanca de madera.



Posteriormente, todo el embutido era colgado en la falsa en largas ramas peladas y secas de chopo para su secado y posterior elaboración de la conserva (20-21).


Mientras tanto se ponía a cocer el arroz que más tarde se mezclaría con la sangre, algo de grasa y las especias correspondientes para realizar las morcillas. Esta era una de las faenas más engorrosas porque aparte de mezclar y embutir tenían que cocerse en agua hirviendo.


Para ello se usaban mimbres cogidos de los huertos donde se colgaban varias morcillas y se introducían en el caldero de agua hirviendo quedando las puntas del mimbre apoyadas en los cantos del barreño para sacarlas una vez cocidas.


Estas posteriormente se depositaban en el suelo encima de paños hasta que se enfriaban.


También era habitual hacer morcillas de pan para consumirlas como” dulce”. Se preparaban empleando sangre, pan rallado, grasa, especias y miel. Solía comerse cruda.


El "joreo" de los costillares, lomos y longanizas era bien vigilado.


Era necesario el frío y el viento. Pero no demasiado. Mucho frío podía provocar que se helara, cuando aún tenía la carne mucha agua. Mucho aire provocaba que se endureciera por fuera pero que se quedara cruda por dentro. Para ello era necesario regular bien la apertura de los ventanos.


Bien entrado enero, cuando los lomos, costillares y longanizas ya habían perdido suficiente agua, se preparaba la "conserva". Se cortaban y troceaban todas estas piezas y se freían, generalmente en aceite de girasol, que era más económico, con laurel y granos de pimienta. Y se llevaban a las tinajas los trozos fritos para ser cubiertos por aceite. Así, podían conservarse durante meses, sin necesitar otra técnica como la nevera o los conservantes.


Eran días de intenso trabajo colectivo en la familia. La casa estaba patas arriba, pues cualquier otro quehacer se dejaba para acabar el matacerdo cuanto antes. El tiempo corría y todo tenía que hacerse en su momento para que el producto saliera bien y todo el esfuerzo de la crianza del tocino llegara a buen término. Al final se disponía de carne y embutido en la despensa para el resto del año.

Chusé Lois Paricio Hernando

jueves, 4 de enero de 2018

LLEGAN LOS REYES MAGOS A EL POBO

Cuando se visita la iglesia de El Pobo, llama la atención que el único cuadro de pintura existente es el que tiene como tema la Adoración de los Reyes Magos. Es una obra del pintor M. Diago que debió realizarse en la década de los '50 del pasado siglo. Es el tipo de pintura religiosa que se prodigó en España durante la posguerra, en un momento en el que la influencia religiosa en el régimen franquista fue muy intensa.


El cuadro está alojado en la parte central de un pequeño altar que se encuentra en la nave derecha del citado templo, enmarcado dentro de una especie de ventana de inspiración gótica, bajo un frontón rodeado de pináculos que sostiene un escudo que contiene tres bonetes. De hecho, el Altar de los Reyes, como es conocido en El Pobo, es propiedad de la familia Bonet. 


Según nos informa Juanjo Martín, este cuadro fue donado por D. Fausto Montserrat Bonet y por Dª Francisca Aracil Borrás. Es por ello que, está acompañado por dos imágenes de los santos patronos de los donantes. A la derecha, San Fausto Labrador, que muestra un rastrillo y una palma de martirio. A la izquierda, Santa Francisca Romana, que viste hábito negro y que va acompañada por un libro en las manos y unas manzanas y peras a los pies. Ambas imágenes descansan sobre dos ménsulas. La advocación del citado queda de manifiesto con la ornamentación del frontal, una especie de escudo con tres coronas y una estrella.

Este cuadro repuso a otro preexistente y que también estaba dedicado a la Epifanía que desapareció al inicio de la Guerra Civil, cuando en El Pobo se estableció la columna anarquista Torres-Benedito procedente de Castellón. Algunas personas mayores sostienen que el cuadro original fue decomisado para su venta en Francia mientras que la parte de madera fue destruida. El hecho es que no se supo más del mismo.

La Fiesta de los Reyes Magos se celebra en El Pobo con una cabalgata. Nada diferente a lo que ocurre en otras localidades, puede pensarse. Pero es una cabalgata un tanto especial pues implica un hermanamiento entre dos localidades: el Pobo y Camarillas. Desde hace más de una treintena de años, los vecinos de los dos pueblos se organizan para llevar los juguetes a los niños de ambas localidades. Tres jóvenes de El Pobo se visten de reyes magos y salen seguidos por una comitiva de coches para llegar a Camarillas en cuyo salón municipal reparten los regalos a los niños de esta localidad. A la vuelta, en una masía situada a mitad de camino, ceden sus trajes a otros tantos jóvenes de Camarillas que harán de reyes magos en El Pobo, entregando los regalos en la iglesia de esta localidad. Tras ello, se celebra una cena entre unos y otros, que termina con el consabido baile. El año siguiente, se invierte el orden, empezando y terminando en Camarillas. 

Todo sea por mantener la magia de esta noche. ¡Feliz día de Reyes!

martes, 2 de enero de 2018

CORONAS EN LA GRIETA

Umbría del monte Peñarroyas. Un peñasco calizo cubierto de pino royo y enebro se precipita sobre el río Blanco, denominación popular del Alfambra en los pueblos de su cabecera. Nos acercamos a observar las plantas que crecen entre las grietas del roquedo. Nos llama la atención un cogollo de coronas.

Se trata de Draba hispanica. Es una planta de la familia de las coles, nabos y los rábanos. Es una Brassicaceae. Antes eran llamadas Crucíferas, por la disposición de los cuatro pétalos que tienen los pétalos de todas las plantas que la forman. Es una pequeña mata de forma almohadillada compuesta por una macolla de coronas, cada cual formada por un apretado conjunto de hojas alargadas con pequeños pelos rígidos en sus bordes y extremos. Tiene un aire a las plantas de los desiertos de montaña. Un aspecto de cactus, aunque no es una planta crasa. 


Nosotros la encontramos en septiembre, por lo que la floración -de irregularidad interanual- no era manifiesta. Si nos hubiéramos acercado en el mes de abril veríamos una cortos tallos terminados con un racimo de flores amarillas y, unas semanas después, unos pequeños frutos cortos y aplanados, terminados en un estilo.

Crece solo en grietas y repisas rocosas, crestas venteadas y pastos pedregosos, siempre sobre sustratos carbonatados, generalmente calizos, y poco soleados. Justo en las condiciones en las que la encontramos en Gúdar, en la umbría del macizo del Peñarroya.

Hay tres subespecies. La encontrada en el valle del río Blanco es la subespecie hispanica. Es un endemismo de las cordilleras del Mediterráneo Occidental, tanto en el norte de África y como en el este y sur de la península Ibérica, donde se extiende desde los Pirineos hasta las Béticas. En Aragón, se distribuye por las sierras del Prepirineo y a lo largo de la cordillera Ibérica, sobre todo en el sector oriental.

Distribución de Draba hispanica. Fuente: Atlas de la Flora de Aragón
Este pequeña mata es una de las abundantes joyas botánicas que alberga la sierra de Gúdar, tanto por su singularidad biogeográfica como por su evidente belleza, resultado de la disposición ordenada de sus hojas y por el agrupamientos de sus coronas.


Otro de los motivos para recorrer y descubrir estas montañas. 

jueves, 28 de diciembre de 2017

UNA TARDE CON LAS OVEJAS DE PEDRO CIRUGEDA

El paisaje del Alto Alfambra está definido por el marco físico del sector meridional de la cordillera Ibérica. Suaves relieves, notable altitud, variedad de rocas sedimentarias y, sobre todo, un clima de escasas precipitaciones y temperaturas bajas con acusada oscilación estacional. Pero, igualmente, este escenario es como es debido a un determinado aprovechamiento de los recursos naturales por el ser humano. Desde hace milenios ha dejado su impronta en el paisaje vegetal y en el cultural. La agricultura y, en especial, la ganadería ayudan a comprender y a disfrutar en toda su magnitud la estética y el funcionamiento de los extensos y hermosos páramos, de los secanos cerealistas o de las dulces dehesas de chopos cabeceros que acompañan al río Alfambra. Pero también, el carácter de sus gentes o su forma de entender la vida. 


Durante siglos y siglos, la organización del tiempo para la mayoría de sus vecinos ha venido marcada por el ciclo natural de la crianza del ganado, tanto de las vacas como de las ovejas. Por eso es tan importante conocer cómo se gestionan los rebaños, un conjunto de saberes que, aunque actualizado a las técnicas y a los requisitos del mercado, hunden sus raíces en una cultura trasmitida de padres a hijos.

Conocíamos a Pedro Cirugeda por su carácter observador y por el conocimiento de los montes de Camarillas. Su interés por el patrimonio se ha traducido en el descubrimiento de importantes hallazgos paleontológicos y arqueológicos, así como en el conocimiento de la flora silvestre, tras lo aprendido junto a estudiosos como los hermanos Herrero de Galve o a otros naturalistas que se han acercado a Camarillas. Su hermana Rosa y José Antonio Sánchez me animaron a hablar con él, acordando acompañarlo una tarde de diciembre por el monte mientras cuidaba su ganado. Era una oportunidad para aprender en directo y sobre el terreno los secretos naturales y culturales que encierran estas tierras altas, incluyendo los de la ganadería, la piedra roseta para interpretar este paisaje. 


Nos acercamos a su masada, donde reúne buena parte de sus tierras. Junto a la vivienda, hay una paridera.


En el corral sesteaban tres ovejas con sus corderos, una curiosa gata y un bando de palomas.


Entramos en el cubierto donde había varias estancias comunicadas entre sí. Las paredes estaban recorridas por pajeras de madera bien cumplidas de paja. En algunos puntos había bebederos conectados con un depósito de agua, situado en el interior para evitar las heladas. El espacio estaba compartimentado por vallas metálicas. 

En uno de los cercados había un grupo de ovejas con sus cordericos, nacidos durante la noche anterior, haciéndose ellos a ellas (y viceversa) a base de rozar, oler ... y de tetar. Es fundamental esta vinculación. Si una oveja no reconoce a su cordero, si no lo alimenta, en este tiempo frío, en menos de un día el pequeño morirá. Pedro las vigila una a una.

En otro cercado más amplio corretea una veintena de corderos algo mayores. Tienen pocos días. Están solos. Ahora mismo, sus madres están pastando en el campo. Pedro les pone comida en unas canales metálicas, pero aún no ponen mucho interés, pues prefieren la leche de las madres que retornarán en unas horas. Algunos son más menudos, los de menos días y los nacidos en partos dobles, los melguizos. Inquietos y en la penumbra, no se dejan fotografiar.


Nos acercamos a una pequeña paridera vecina que utiliza igualmente para organizar mejor el ganado. En el cubierto, hay más compartimentos separados por más vallas de hierro. En un extremo, seis mardanos, grandes y hermosos, los sementales del rebaño.


A su lado un par de machos jóvenes, separados hasta que sean capaces de integrarse con los demás. Los mardanos tienen mucha energía y agresividad, por lo que pueden dañarse a base de topetazos.

En unos pequeños recintos vemos a otras tantas ovejas atadas por el cuerpo con sus respectivos corderos. Ahí están sujetas para estimular el instinto maternal, para favorecer la relación entre una y otro. Es cosa de días. Cuando se consigue, se llevan a la otra paridera, y a comer al campo.


Y, por último, en el espacio mayor, se va engordando, a base de cereal, semilla de algodón y de gránulo, a una docena de corderos hasta que alcancen el peso para ser vendidos a la cooperativa Oviaragón, de la que nuestro amigo es socio. Nos comenta que los corderos consumidos para carne podrían pastar perfectamente en el campo teniendo un engorde más natural aunque más lento. El mercado y la rentabilidad mandan.


Pedro suelta a los dos perros, que lo reciben cariñosos y corretean con energía. Nos enseña la fuente que arregló junto a su padre. Tan solo sale un hilo de agua. Cualquier otro año, por estas fechas, llevaría mucho más caudal. En las pilas, se ha formado una fina costra de hielo. Nos explica que toma el agua por medio de una tubería de un antiguo chumarrial situado en el campo vecino. El agua es esencial en su trabajo. Nos vamos al campo.


La masada de la Atalaya, como otras muchas del término de Camarillas, está ubicada en la suave ladera de solana que desciende de una ringlera de cinglas calizas que separan las cuencas del Alfambra y la del Guadalope (río de la Val). Observamos la amplia ladera. Pedro nos señala el campo en el que dejó las ovejas por la mañana. No las vemos ni con prismáticos. Habrá que buscarlas.


Mientras vamos subiendo, nos explica con detalle la geología del terreno. El tipo de rocas, su edad, los ambientes sedimentarios y las estructuras tectónicas. Vamos pasando de unas formaciones geológicas a otras. La Formación Villar del Arzobispo, da lugar a la de El Castellar, que está cubierta por la de El Castellar y esta, a su vez, por la Formación Camarillas. Vamos cruzando las líneas imaginarias que tan bien reflejan los mapas. Nos movemos entre el final del Jurásico y el principio del Cretácico. 


Pasamos junto a otra fuente, esta completamente seca. Nos cuenta cómo la preparó también junto a su padre, ya fallecido, de quien ha aprendido el oficio y por quien muestra un profundo respeto. Ni rastro de las ovejas.

Nos muestra un campo en rastrojo. Nos explica que hace cincuenta años eran prados en los que pastaban vacas. Hoy solo vemos tierras secas. Pensamos en los cambios que han operado desde entonces. Cambios en el clima, largos periodos secos, al menos en las últimas décadas. Cambios sociales y productivos. Mecanización, especialización, simplificación ...

Nos indica, mientras tanto, algunas de las plantas que come el ganado. El alamio (Carex humilis), el cerrillo (Stipa sp.) ...


la hierba de los siete nudos (Polygonum aviculare), la pedrehuela (Thymus godayanus) ...


y otras que las rehúsa como la curruguia (Digitalis obscura), la ontina (Santolina chamaecyparissus), la ajedrea (Satureja intrincata ssp. gracilis) o la toyada (Genista mugronensis).

Subimos a unas crestas situadas a media ladera. Y ahí las tenemos. Cerca de cuatrocientas hermosas ovejas. Han estado comiendo en los rastrojos. Las espigas no cosechadas y la paja. Y después se han subido al monte. Pedro les echa unas voces y, ellas solas, comienzan a volver. No hace falta subir a recogerlas. No hacen falta los perros que escuchan las órdenes y observan  los movimientos del ganado.


En los campos de abajo, aquí y allá, acabamos encontrando tres corderos recién nacidos. Algunos están con la madre, que los lame, aprovechando los fluidos que impregnan su lana tras el parto. El otro está solo, balando, por lo que nos ponemos a buscar a la despistada madre. No está lejos, es fácil de reconocer por tener restos de la placenta en la vulva, completamente ensangrentada. Nos cuenta Pedro que no es habitual que nazcan tantos corderos en el campo en una misma tarde.


Hay que recogerlos. Los cogemos de las patas delanteras y nos acercamos al rebaño que baja con ganas de llegar a casa. Dos de las madres nos siguen inquietas sin separarse de su corderico. La otra se ha juntado con las demás ovejas aunque se la conoce por ser la que más bala. El cordero, igualmente, incómodo al ser llevado de la mano, no para de balar. La madre, aún más nerviosa, da vueltas y vueltas a nuestro alrededor.



Vamos bajando con el rebaño. Vuelven con ganas. Algunas por encontrarse con sus corderos y darles de mamar pues llevan lleno el braguero. Otras por que tienen sed. Todas, satisfechas después de haber comido y estirar las piernas por los campos.


Cae la tarde y no da tiempo a pastar más. Han comido bien en los rastrojos a pesar de que este otoño no hay renacido pues ha venido muy seco. Los pastos son escasos, hay que echar mano a la cosecha propia. Aumentan los gastos.

Tanto al subir como al bajar, Pedro nos ha ido explicando sus hallazgos. Aquí unos restos paleontológicos, allá los alizaces de un poblado celtíbero sobre una cresta, algo más lejos el espejo de una falla responsable de la elevación de los materiales mesozoicos del Alto Alfambra sobre los terciarios de La Val. Todo tal como viene, casi sin buscarlo.


Y, en eso que llegamos a la paridera. Tienen ganas de entrar. Pero hay que estajarlas. Primero las ovejas recién paridas con sus cordericos. Nos enreda una de ellas que hay que descubrirla entre todo el rebaño pues no tiene mucho instinto materno y hay que buscarla entre la multitud. Las marca con una pintura de cera roja sobre la lana del lomo para distinguirlas. Después aquellas ovejas que están dando de mamar. Una a una hay que ir entrándolas sin dejar pasar a las que no lo están. Se les conoce por la marca reciente. También es enredo pues todas tienen ganas de entrar a la vez.


Las madres balan al entrar en el corral. Dentro de la paridera, los corderos las conocen y les responden. Un coro de balidos llena el silencio del crepúsculo. Los juntamos y cada cual va a buscar el suyo, que comienza a mamar, al tiempo que come algo de pienso en la canal.

Después, dejamos entrar al resto al corral donde dormirán viendo las estrellas.

Nos acercamos a dar vuelta de la otra paridera para llevarles agua al resto de las madres, mardanos y corderos. Y nos vamos hacia el pueblo.


Cuidar los rebaños es toda una sabiduría ancestral. Las ovejas son los escultores de la comunidad vegetal de los páramos de la cordillera Ibérica. Son las responsables de unos ecosistemas esteparios únicos hoy valorados por ofrecer hábitat a especies singulares y por su indudable valor escénico. Los ganaderos, son los creadores de esta obra que llamamos paisaje cultural del Alto Alfambra y del que los chopos cabeceros son tan solo una parte. Una obra que, como en ocasiones ocurre con el arte, necesita tiempo y reflexión para ser bien comprendida.